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¿Qué explica la espiral de la violencia política de EE.UU.?

El intento de atentado contra el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y otros altos funcionarios de su gobierno hace unos días es el último episodio de la violencia política creciente que vive este país. Desde su fundación, hace 250 años, Estados Unidos ha vivido episodios dramáticos de violencia política, pero lo que está sucediendo ahora es distinto y no parece algo puntual.

Los ciudadanos estadounidenses están acostumbrados a convivir en una sociedad donde los niveles de violencia son superiores a los de otras democracias occidentales. Su historia está marcada por asesinatos de presidentes y líderes civiles –como los de Abraham Lincoln en 1865, John F. Kennedy en 1963 o Martin Luther King Jr. en 1968–; por movimientos sociales como los protagonizados por el Ku Klux Klan, la represión de movimientos obreros o los disturbios raciales del siglo pasado; o, más recientemente, por acontecimientos como el asalto al Capitolio en 2021, los ataques contra figuras del partido Demócrata o los tres intentos de atentado contra Trump, incluyendo el del 25 de abril pasado. Esta historia normaliza, en cierta medida, la violencia como instrumento político.

Si bien una inmensa mayoría de estadounidenses es pacífica y contraria a la violencia como recurso para defender o imponer ideas, sí hay un porcentaje importante de ciudadanos que la justifica y que, según las últimas encuestas, se cuenta por millones.

En una reciente conversación con el New York Times, el profesor de Ciencia Política de la Universidad de Chicago Robert Pape –que lleva años estudiando el fenómeno– aseguró que hoy hay «decenas de millones de estadounidenses apoyan la violencia política», en lo que él describe como «la era del populismo violento». Según sus datos, desde la elección de Donald Trump en 2024, el porcentaje de estadounidenses que acepta la violencia política oscila entre el 14 y el 21 por ciento, «y se ha mantenido» en los últimos meses. Esto significa que, en la franja alta, uno de cada cinco ciudadanos apoya recurrir a la violencia; «y cuando hablamos de violencia política», explica Pape, «más de la mitad quieren decir asesinato».

No hay duda de que existen factores estructurales sobre los que se asienta esta aceptación. Como otras democracias liberales, Estados Unidos está inmersa en una profunda polarización ideológica en la que la brecha entre los partidos Demócrata y Republicano no es solo política sino identitaria. La gente ya no solo discrepa sobre políticas concretas, sino que percibe al otro bando como una amenaza existencial para el país. Y líderes políticos como Donald Trump, que describen a sus opositores como «enemigos del pueblo», «traidores» o amenazas para la democracia, están rebajando el umbral psicológico que lleva a algunas personas a considerar la violencia como una respuesta legítima.

La fragmentación de los medios de comunicación y las redes sociales no ayudan. Los medios optan por líneas editoriales cada vez más partidistas –contribuyendo a crear cámaras de eco–, y las redes amplifican la indignación con contenidos cada vez más extremos porque estos generan más interacción.

Además, un país donde hay más armas que personas contribuye a que los episodios de violencia –incluidos los de motivación política– tiendan a ser más letales que en otras democracias.

El profesor Pape apunta, además, a dos cambios sociales profundos que están transformando la sociedad estadounidense. El primero es la transición acelerada de una sociedad mayoritariamente blanca a una donde los blancos serán minoría, con la consiguiente pérdida del privilegio y de posición dominante de los que han gozado históricamente. El segundo es la acumulación de riqueza en manos del uno por ciento privilegiado, que la adquiere del 90 por ciento de la sociedad, sin importar la filiación ideológica de quienes la pierden o de quienes la ganan.

La frustración acumulada durante décadas por la desigualdad creciente alimenta el resentimiento hacia el sistema y hacia los grupos percibidos como privilegiados o enemigos. Y la violencia retroalimenta un ciclo de violencia, aumentando así los porcentajes de quienes la justifican. El futuro de Estados Unidos es sombrío.

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