Las prisas de Trump
La Casa Blanca está en modo crisis intentando contener la ola de críticas que está levantando el anunciado memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán tras más de cien días de guerra. El vicepresidente JD Vance se ha puesto al frente de la defensa del acuerdo en una tournée de entrevistas con medios de comunicación y comparecencias públicas para defenderlo, no solo frente a los habituales críticos de la Administración Trump sino también frente a voces de su propio partido. Y por mucho que se esfuerce Vance, los detalles conocidos del acuerdo son, como mínimo, sorprendentes porque suponen concesiones inimaginables hace unas semanas, incluso antes del inicio de la guerra.
Donald Trump aceptó recurrir a la vía militar arrastrado –algunos dirían engañado– por el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu quien le aseguró que el régimen de los ayatolás estaba tan débil que era cuestión de tiempo que se produjera su caída. Y no hay nada que guste más a un político –y Trump precisamente no es la excepción– que sumarse al bando de los ganadores antes de las victorias. Trump y Netanyahu esperaban que una acción militar contundente no sólo haría caer el régimen, sino que provocaría un levantamiento popular en el país que abriría la puerta a un proceso de recuperación democrática. Más de tres meses después, el régimen sigue en el poder, y tras su descabezamiento, los radicales y militaristas se han posicionado al frente, consolidándolo. Ni son, como dice Trump, más dialogantes ni más razonables. Son parte del mismo régimen golpeado, y precisamente por eso, más firmes en su antiamericanismo.
Es con esa cúpula radical con la que Estados Unidos ha anunciado el pacto, un memorando que no es un acuerdo de paz, sino un acuerdo de alto el fuego que abre un periodo de 60 días para seguir negociado los detalles más espinosos, como el futuro del programa nuclear iraní, las sanciones internacionales, la comercialización del petróleo o el estatus del estrecho de Ormuz. Algunos de estos puntos, durante estos próximos dos meses, ya cambian de manera sorprendente: se levantarán sanciones, se liberarán fondos congelados por valor de 300.000 millones de dólares o se permitirá la venta de petróleo iraní en los mercados internacionales. Esto, sin mencionar que volveremos al statu quo anterior a la guerra en la que se abrirá el estrecho de Ormuz y el régimen continuará gobernado (sí, ese mismo régimen que Trump aseguró que debía cambiar). No parece, pues, un buen acuerdo. No convence a expertos ni a aliados; más allá, eso sí, del fin de las hostilidades.
Trump tenía prisa por acabar con la campaña militar y reabrir el estrecho. Lo demostró innumerables veces durante las últimas semanas y eso –él que se jacta de ser un maestro de la negociación– le ha jugado claramente en contra. El régimen de Irán no podía aspirar a derrotar militarmente a Estados Unidos, pero sabía que resistir ya era una suerte de victoria, y si pensaba que jugar la baza del cierre del Ormuz podía ser útil, esta guerra les ha demostrado que su control es un arma infinitamente más contundente que todos los misiles recibidos desde el 28 de febrero. Su cierre ha golpeado los bolsillos de medio mundo, entre ellos los de los estadounidenses, a quienes Trump prometió que no entraría en guerras innecesarias e interminables y que se centraría en «Estados Unidos primero». Hoy, según la media de encuestas que publica Real Clear Politics, el 59 por ciento de los ciudadanos desaprueba la acción militar contra Irán, y más de la mitad (el 56 por ciento) valora la gestión de su presidencia de manera negativa.
Trump confía que el alto el fuego y la reapertura de Ormuz libere presión sobre la energía y los productos químicos derivados que son parte de las cadenas de suministro globales. El indicador más ilustrativo de todos ellos es el del galón de gasolina que, de media –tras el anuncio de acuerdo– cayó por debajo de los 4 dólares (antes de la guerra estaba en 2,3 dólares). Y la mirada la tiene puesta en noviembre, con las elecciones de medio mandato en las que, si bien él no estará en las papeletas, está en juego el control del Congreso.
Esa urgencia y esos miedos han jugado a favor de Irán, y han dejado en evidencia las artes negociadoras de un presidente que confió, como en Venezuela, que la fuerza militar lograría lo que otros no habían logrado antes.
Las prisas son siempre malas consejeras.