La OTAN: aliada de todos, menos de Trump
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a la carga contra la OTAN. Está decepcionado porque considera que sus aliados europeos no han respondido a la petición que les ha hecho para implicarse en la guerra en Irán y liberar, ahora, el estrecho de Ormuz. Tal es el nivel de decepción –por no decir lo que aparenta un profundo enojo– que el mandatario ha vuelto a sugerir que la Alianza no tiene sentido y que podría retirarse. El problema es que hay una ley que se lo impide.
La relación de Trump con la OTAN siempre ha sido tensa, y desde su regreso a la presidencia en enero de 2025, ha estado marcada por tensiones, presiones y una retórica disruptiva. La más relevante, al margen del momento actual, giró en torno al gasto en defensa de sus miembros. En los últimos meses, Trump ha intensificado sus exigencias para que los países miembros aumenten su gasto en defensa al 5 por ciento de PIB, muy por encima del umbral que, en general estaba en el 2 por ciento. Su petición fue mayoritariamente aceptada por la alarma que generó su amenaza de no defender a los países que no cumplan, y –con la excepción más sonada de España–, el incremento fue una victoria para Trump, aunque el camino recorrido para lograrlo erosionó algo más valioso en esta relación multinacional de defensa: la confianza entre los países europeos y Estados Unidos.
Las dudas sobre el compromiso de Washington en la defensa de los miembros europeos de la OTAN no eran nuevas. El aparente acercamiento de Trump a Rusia y su posición sobre la guerra en Ucrania fue vista por muchos como un debilitamiento del frente común que con Biden no tenía fisuras. La postura de Trump de buscar una negociación rápida con Putin para terminar la guerra generó fricciones, ya que varios miembros de la Alianza consideran que un acuerdo apresurado podría ser favorable a Moscú. Y Europa sabe que dependiendo de cómo acabe esa guerra, la amenaza expansionista de Putin podría no terminar en Ucrania.
Trump parece no entender la importancia estratégica que la OTAN tiene para Estados Unidos. Él la ve como una alianza militar en la que Estados Unidos suma su poderoso ejército (con el inmenso gasto que esto conlleva) para defender a otros países; y cuestiona entonces, porqué Washington tiene que pagar. Pero olvida que la OTAN no solo es militar, sino que es también una alianza de intercambio de inteligencia, de lucha contra las nuevas amenazas del siglo XXI (como los ataques ciberterroristas) y, sobre todo, una alianza de socios confiables que comparten y defienden los mismos valores de sus democracias liberales; y que cuanto más sólida es la relación, más fuerte es Estados Unidos en su propia defensa.
Esto es precisamente lo que vieron los legisladores estadounidenses en 2024 cuando ambos partidos en el Congreso aprobaron una ley de defensa que, en su sección 1250A, obliga a cualquier presidente a tener la aprobación del Congreso para salirse de la OTAN. ¿Y saben quién fue uno de los dos abanderados de esa ley? El actual secretario de Estado, Marco Rubio, quien –como en muchas de las políticas con las que ahora tiene que lidiar– hace equilibrios para justificar a Trump sin parecer una veleta que cambia sus principios según cómo sopla el viento.
Trump sí puede debilitar la Alianza. Sin duda puede recortar presupuesto, retirar bases, o dejar de compartir información crítica hasta relegarla a papel mojado. Por eso, esta relación transaccional y de confrontación de Trump con la Alianza Atlántica, cuestionando sus fundamentos mientras presiona a los aliados económicamente, ha acelerado el debate europeo sobre su propia defensa e independencia estratégica. Europa busca ya alternativas. La esencia sobre la que se sustentaba la Alianza –la confianza– está erosionada, y la pregunta que se debe hacer el Viejo Continente ya no es si puede permitirse depender menos de Washington, sino si puede permitirse no hacerlo. Europa debe avanzar hacia su propia autonomía de defensa estratégica, reforzando la OTAN y contando con EEUU, pero sabiendo que Washington –con Trump–, puede que no acuda cuando se le requiera.