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Guerra en Irán: China observa, calla y espera

«Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error». La frase es una de las más célebres que dejó para la posteridad Napoleón Bonaparte, considerado uno de los mejores estrategas de la historia quien ganó buena parte de las batallas que libró, exceptuando las de Leipzig y Waterloo, hasta su muerte en 1821. El semanario The Economist se la apropió a principios de mes para titular un artículo sobre cómo China está viendo la guerra en Irán y sobre las esperanzas de Xi Xinping de sacar partido del conflicto.

En general, de una guerra es difícil pensar que se puede sacar partido. Vivimos en un mundo globalizado e hiperconectado, y cualquier conflicto genera un impacto más negativo –sobre todo por la incertidumbre de su desenlace– que positivo. Pero es cierto que Pekín puede estar viendo la guerra como un error estadounidense del que aprovecharse en esa pugna geopolítica que ambas potencias libran desde hace años. Según el semanario británico, el régimen chino cree que esta guerra en Oriente Medio es una muestra de decadencia estadounidense, no de fortaleza, en la que Washington está actuando impulsivamente, sin estrategia clara, lo que lo distrae de Asia Oriental, el terreno natural de influencia directa china y verdadero escenario del siglo XXI. De ahí que Xi haya optado por no intervenir y permanecer callado, siguiendo la lógica napoleónica.

Hay un cierto consenso de analistas internacionales que coinciden en afirmar que con esta guerra, Estados Unidos está perdiendo influencia global y que los tradicionales aliados de Washington –entre ellos, los países de la Unión Europea– están empezando a reconsiderar su dependencia de Washington. A esto se suma la estrategia de «Estados Unidos primero» (America first), el lema de campaña de Donald Trump que se ha traducido desde que volvió a la presidencia como una apuesta por el aislacionismo que le da la espalda a la cooperación multilateral que ha marcado gran parte de la geopolítica del mundo desde la segunda mitad del siglo pasado. Y aquí China se está presentando ante el mundo como un actor más confiable que Estados Unidos.

La guerra también ha validado la apuesta de Pekin, y particularmente de su presidente Xi Jinping, por la autosuficiencia energética y la tecnológica. Desde hace años, China está acumulando importantes reservas de petróleo para estar preparada frente a un escenario como el actual (en el que, por contra, Europa sufre ante la falta de previsión). La estrategia china se ha basado no solo en acumular, sino en la diversificación energética –con una clara apuesta por las energías verdes, alternativas a los combustibles fósiles–; por el dominio de tierras raras –fundamentales en la carrera tecnológica en la que estamos inmersos–; y por las nuevas tecnologías –entre ellas, la inteligencia artificial que requiere precisamente de esas tierras raras y de mucha energía–. China vuelva a tomar la delantera en esas áreas.

Y finalmente, Xi está viendo este conflicto como una oportunidad económica. Tras la destrucción vendrán jugosos contratos de reconstrucción en Oriente Medio, donde se espera una mayor demanda de tecnología verde china, en la que Pekín tendrá –por su silencio napoleónico prudente– una posición negociadora más favorable frente a un Trump debilitado en el escenario iraní.

Pero toda guerra genera incertidumbre, sobre todo en la economía global. China es una potencia que depende de que el mundo le siga comprando, por decirlo en palabras sencillas. Si la guerra se alarga, el coste de la energía sigue subiendo, la inflación en Occidente se dispara, y las principales economías del mundo Occidental –que son sus grandes compradores– entran en recesión, Pekín sabe que sufrirán con ellas. El daño a sus exportaciones sería catastrófico.

China, pues, juega estos meses a ganar, pero sobre todo a no perder. Xi habla poco, observa y espera con la paciencia del que sabe que el tiempo puede correr a su favor. Pero hay una paradoja que Pekín no puede ignorar: cuanto más se enreda Washington en este conflicto, más riesgo hay de que el daño también le acabe llegando a China, como a todos. En el siglo XXI, interrumpir al enemigo en su error ya no es solo una cuestión de estrategia; es también una cuestión de supervivencia compartida.

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