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La «guerra arancelaria» sobre Canadá debilita a EE. UU.

La crisis que viven hoy Estados Unidos y Canadá no es simplemente una disputa comercial o arancelaria, es una disputa estratégica. En los últimos días, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump ha impuesto aranceles sobre determinados productos canadienses de hasta el 50 por ciento después de que fracasaran las negociaciones. Canadá ha respondido con aranceles equivalentes, elevando el conflicto entre dos economías profundamente integradas y dependientes. Pero el fondo, como digo, no es simplemente una disputa comercial.

Las medidas anunciadas por Estados Unidos son difíciles de justificar únicamente por un desacuerdo económico. Washington las defiende porque cree que Canadá discrimina sus productos, y con los aranceles intenta equilibrar la relación. Pero tras la ruptura de las conversaciones conocimos que Estados Unidos exigía a Canadá cosas tan inaceptables para un país soberano como que no tuvieran otros acuerdos comerciales con terceros países o áreas económicas, o que los productos canadienses que llegaran a Estados Unidos no incluyeran el francés (cuando en Canadá el inglés y el francés son lenguas oficiales). Trump está, sin duda, utilizando los aranceles como un instrumento de presión política para intentar que Canadá acepte una relación asimétrica de subordinación, tal vez el estadio previo en el que Trump querría ver a su país vecino antes de insistir en que se convierta en el estado 51 de la unión americana.

Lo paradójico de la situación es que Trump está consiguiendo exactamente lo contrario a lo que pretendía. No solo con lo sucedido en los últimos días, sino desde el principio de su presidencia con esta retórica obsesiva para incorporar a Canadá como parte de su país. El gobierno de Mark Carney, el primer ministro canadiense, ha avanzado ya en conversaciones con otros países para concretar acuerdos comerciales beneficiosos para el suyo (este otoño están previstas negociaciones con la Unión Europea). Es decir, que Carney está reduciendo la dependencia con su socio tradicional (hoy hostil e inestable) para abrirse al mundo y buscar nuevos mercados.

Desde el punto de vista estadounidense, sorprende también la estrategia de Trump. En un momento de alta inflación, abrir un nuevo conflicto comercial es dispararse un tiro en el pie.  Como han explicado innumerables economistas, los aranceles son una suerte de impuesto a los productos que acaban pagando los consumidores. Lo van a pagar los canadienses, sí; pero es Trump quien ha empezado el conflicto, y es difícil explicarles a los estadounidenses que el coste de la vida para ellos va a ser más caro por esta política con Canadá. Ya estamos viendo preocupación por productos como el papel, la madera, los materiales de construcción o componentes industriales; y la gran preocupación la tiene la industria automovilística norteamericana que funciona como una cadena de producción continental. Un automóvil puede cruzar la frontera varias veces durante su proceso de fabricación. Gravar los componentes canadienses significa aumentar los costes de producción también para empresas estadounidenses. Por eso esta guerra comercial es particularmente irracional desde el punto de vista económico ya que Estados Unidos y Canadá no son dos economías competidoras sino dos economías integradas.

El gran peligro de este conflicto no son los aranceles (un nuevo presidente puede quitarlos el primer día de su mandato). El gran peligro es la ruptura del modelo económico norteamericano y la pérdida de confianza entre dos gobiernos amigos y aliados. La disputa actual afecta al tratado de libre comercio de América del Norte, que incluye a ambos países además de México. Ese tratado fue creado precisamente para garantizar estabilidad y previsibilidad a las empresas. Lo que ahora vemos es un torpedo en la línea de flotación de la confianza empresarial que creía que las reglas del comercio en Norteamérica eran estables. La incertidumbre se convierte, pues, en un coste económico permanente.

En los próximos meses, y hasta las elecciones de 2028, Donald Trump puede ganar algunas batallas arancelarias, pero sin duda sus políticas erráticas y sin planes aparentemente claros están erosionando la confianza en Estados Unidos, algo mucho más importante para un país que aspira a seguir siendo una superpotencia líder y hegemónica.

La diversificación de Canadá, así como la de otros muchos países aliados, no sólo debilitan la posición de Washington, sino que alimentan la de otras potencias que llevan años trabajando para hacerse un lugar en la mesa global a costa de disminuir la de Estados Unidos — y Donald Trump pareciera que trabaja para ellas.

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