Israel y EE UU: El voto de la guerra
Israel y Estados Unidos tienen elecciones en los próximos días. Los resultados de las dos pueden tener un gran impacto en la geopolítica internacional, y las dos tienen como protagonistas a hombres fuertes, de tintes autoritarios, que van a enfrentar a los votantes por primera vez desde que empezó la guerra en Irán y cuyas consecuencias han provocado –y continúan provocando– una crisis en los mercados energéticos y en el coste de la vida de los ciudadanos.
En Israel, el primer ministro Benjamín Netanyahu y su coalición de partidos de derecha religiosa ve peligrar su continuidad por el bloque liderado por el exgeneral Gadi Eisnkot. Según Bloomberg, las encuestas sugieren que ninguno de los grupos obtendrá una mayoría en el Parlamento este 27 de octubre, lo que podría derivar en semanas de negociaciones y tacticismo político –o incluso en la convocatoria de nuevas elecciones– si no se logra formar gobierno.
En Israel, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, la guerra contra Irán gozaba de un amplio respaldo popular pero la prolongación del conflicto su final poco claro está erosionando al mandatario; más si se toma en cuenta que el régimen de Teherán no solo ha logrado sobrevivir, sino que está condicionando la economía internacional con su influencia en el estrecho de Ormuz y sus ataques a otros países de la zona productores de energía.
En Estados Unidos, la guerra también se ha convertido en un problema para Donald Trump. Si bien su nombre no está en las papeletas este 3 de noviembre, su obsesión por hacer de esta cita un referéndum sobre sus políticas, sorprende a los candidatos de su partido y a los analistas. Esta semana, el prestigioso periodista político Nate Cohn escribía en el New York Times que Trump registra el índice de aprobación más bajo de cualquier presidente antes de unas elecciones de mitad de mandato desde Harry Truman, cuando los demócratas sufrieron una contundente derrota en 1946. La última encuesta nacional de Times-Siena previa a los comicios sitúa el índice de aprobación del mandatario en el 34 %, tres puntos menos que el mes pasado. Aún con esta baja popularidad, Trump insiste en que estas elecciones van sobre él, y la Casa Blanca ya está en modo crisis. El escenario es dramático para los republicanos: la oposición podría recuperar el control de la Cámara de Representantes y –lo que era casi impensable hace unos meses– el Senado, dejando al presidente en una posición muy difícil para gobernar. La Cámara controla el presupuesto que puede gastar el gobierno y los demócratas podrían abrir investigaciones sobre las decisiones o negocios de Trump y sus allegados, creando un constante choque de poderes. Además, sin presupuesto, Trump tendría un margen de maniobra muy limitado como mandatario en la recta final de su última presidencia.
Tanto Netanyahu como Trump enfrentan esta situación, en gran medida, por una guerra que era innecesaria y a la que Trump accedió creyendo que –como le dijo Netanyahu antes de que comenzara– la caída del régimen de Teherán era inminente.
En Estados Unidos se especula con una nueva campaña de bombardeos. Trump ha amenazado con realizar más ataques –seguramente poco después de las elecciones–, mientras que Netanyahu ha prometido en los últimos días lograr un cambio de régimen en Irán. Y claro, Teherán responde a las amenazas y las especulaciones con una respuesta contundente, generando preocupación no sólo porque Ormuz siga cerrado sino por el impacto que tendría para los Estados árabes del Golfo y sus economías, que ya han sido blanco de centenares de drones y misiles iraníes antes de la actual y frágil tregua en abril.
Netanyahu y Trump, que se presentaron como garantes de fuerza y seguridad, llegan a sus elecciones defendiendo una guerra cuyo precio pagan los ciudadanos en la gasolina, la factura de la luz y el supermercado. Si los votantes les castigan, quedará claro que ni el poder ni la épica militar les blindan como gobernantes. Si les respaldan, el temor y la polarización habrán pesado más que el bolsillo. En cualquier caso, la democracia, con todas sus limitaciones, volverá a demostrar que sigue siendo el único mecanismo que obliga a un gobernante a rendir cuentas, en este caso por una guerra que ellos eligieron.