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Saludar, agradecer y quejarse menos

Washington, DC — Nos quejamos mucho. Siento que más que en otros países, al menos en lo que he podido constatar comparándonos con la sociedad estadounidense o la mayoría de las latinoamericanas con las que he podido interactuar en los últimos 18 años viviendo en el extranjero. Nos quejamos del clima –haga calor o frío, llueva o no llueva–, del partido de fútbol de nuestro equipo –haya ganado o perdido–, de los políticos –sobre todo de lo que no nos gusta que hagan, sin intentar valorar lo positivo que puedan hacer… que algo harán bien, digo yo–, del precio de las cosas –porque “todo está caro”, sin ver que tenemos de todo–… y así, hasta el infinito. Siempre la queja. Y no digo que no nos podamos quejar, pero ¿es necesario que nos quejemos tanto?

No sé si lo anterior tiene o no relación, pero de un tiempo a esta parte también suelo fijarme en la práctica del agradecer cuando recibimos de quienes nos rodean o con quienes nos cruzamos en el día a día. De si se piden las cosas por favor y, al recibirlas, se dan las gracias.

“¡Un cortado!”, escuché la última vez que estuve en Tarragona de un cliente que entró a un bar sin mediar antes palabra. “¿Tiene azúcar?”, fue la respuesta que le dio al camarero cuando se lo sirvió en la barra. Ni un “hola”, ni un “por favor”, ni un “gracias”. ¿Tan difícil era añadir alguna de esas palabras en su comunicación?

Hagan el ejercicio de fijarse allí donde vayan y se darán cuenta de cómo, esas buenas prácticas se están perdiendo sin darnos cuenta. Ya no echamos de menos saludar cuando entramos a un lugar, o la educación cuando pedimos las cosas. Y lo que es más preocupante es que a algunos les parecen modas pasadas o antiguas, propias de otra generación.

En todos los países a los que he viajado en América Latina, entrar en un ascensor es sinónimo de saludar con un “buenos días”. Da igual si conocemos a los que están. El saludo es parte de la acción de subirse al ascensor. En algunos, la práctica incluye un “¡permiso!”, cuando llegan a su planta y se bajan. Es cierto que pocos responden, pero eso no es óbice para que no saluden. Es algo sencillo, extendido y esperado. Es una interacción muy básica de la sociedad en la que convivimos. Pero aun siendo básica, la estamos perdiendo.

En el gimnasio que frecuento en Washington hay una señora hispana que trabaja limpiando las instalaciones. Siempre va de un lado para otro con alguna misión. Fregar debajo de la zona de pesas, limpiar los espejos en los que la vanidad de los socios se ve reflejada, pasar un trapo limpio por la fuente de la que todos bebemos o rellenamos nuestras botellas, o secar las máquinas de ejercicio en las pausas de uso de quienes se ejercitan con ellas para no perder el buen cuerpo al que todos deberíamos aspirar (fundamentalmente por salud, claro). ¿Saben cuántas personas la saludan o le agradecen su trabajo? Ninguna. Cero. Y lo digo porque desde hace dos meses –cuando yo descubrí que la ignoraba como el resto– decidí empezar a saludarla y agradecerle su trabajo. Con los días, interactuamos más y nos contamos algo de nuestra vida. Ella fue la primera sorprendida de mis saludos porque ha naturalizado que es invisible para la mayoría de socios del gimnasio a pesar de trabajar ocho horas cada día y cruzarse a diario con los mismos. Ella es la que se asegura de que todos ellos tengan las instalaciones limpias, y nadie la ve. Ahora, cuando nos cruzamos, es ella la que me saluda con una sonrisa.

Saludar o agradecer va más allá de unas simples palabras. No solo fomenta un estado mental más positivo, sino que mejora nuestra vida y la de los demás; reduce nuestro estrés, nuestra ansiedad, y aumenta nuestro bienestar general y el de quienes están a nuestro alrededor.

Recuerdo cuando era pequeño que una y mil veces mis padres que repetían aquello de “¿cómo se pide?”. Esa frase era el indicador de que había olvidado el “por favor”. Y cuando escuchaba el “¿y qué se dice?” es que me faltaba un “buenos días” o un “gracias”. Ahí se empieza a aprender. Ahí se siembra la semilla de la cortesía y la buena educación que, de manera generalizada, nos beneficia a todos al hacer un sociedad más amable y humana. Perder esas buenas costumbres nos puede pasar a todos, más en este mundo individualista en el que vivimos, pero la buena noticia es que recuperarlas está al alcance de cada uno de nosotros si nos lo proponemos. Los beneficios de saludar o ser corteses superan con creces a los perjuicios. Hagan la prueba y verán como la vida les sonríe, nos quejamos menos y hacemos así más amable nuestro día a día y el de quienes se cruzan en nuestras vidas.