El síntoma de un problema

Washington, DC. – Finalmente la evidencia se ha impuesto a la prudencia inicial. Las dos explosiones intencionadas y sincronizadas de Boston tenían el objetivo de causar muerte, pánico y miedo. La Casa Blanca y los investigadores han llamado este martes a las cosas por su nombre y aunque al principio con la boca pequeña han aceptado que se trata de un “acto terrorista”.

boston-marathon-explosionEstados Unidos no había visto escenas como las de Boston desde el 11 de septiembre de 2001 cuando Al-Qaeda atentó contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington. El fantasma de aquel fatídico día ha revivido con las imágenes de cuerpos ensangrentados, miembros desgarrados, dolor y escenas de confusión en las calles aún humeantes por las deflagraciones de Boston. Y antes que aquel 11-S hubo otros episodios violentos como el atentado de Oklahoma en 1995, que destruyó un edificio federal y mató a más de 160 personas; o el del Centennial Olympic Park de Atlanta en 1996, que similar al del lunes, mato a 2 personas e hirió a más de 100.

Estados Unidos creía haber superado el trauma de la violencia terrorista, pero era un espejismo aletargado por el tiempo y algún encomiable éxito policial. La amenaza es real, sea externa o interna y esté motivada por el fanatismo religioso, el choque de civilizaciones o las profundas diferencias ideológicas que dividen a los estadounidenses.

En sus primeras palabras tras las explosiones, Barack Obama habló de unidad. Este atentado puede haber sido obra de un loco o formar parte de una trama, pero más allá de la autoría, el país necesita una reflexión colectiva que entienda las causas reales y aborde los cambios que son necesarios para intentar que esto no vuelva a ocurrir.

La radical división política interesada y partidista, la irracional defensa a tener el derecho a llevar armas como quien tiene un teléfono móvil, o un sistema político entregado a la influencia de lobbies y corporaciones no contribuyen a ese debate responsable que debe priorizar el bien público con urgencia, anteponiéndolo a otros intereses.

La radicalidad o enajenación del o los autores de las bombas de Boston, sea cual sea su motivación, es sólo el síntoma de un problema más profundo. La pregunta es si esta última tragedia, además de atemorizar un poco más a una sociedad que se siente amenazada, contribuirá a esa reflexión profunda, unitaria y comprometida que cambie realmente determinadas dinámicas que se creen esenciales de los Estados Unidos.

Artículo publicado el 17/04/13 en Diari de Tarragona

Foto: Image via John Tlumacki/The Boston Globe via Getty Images

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30 anys després de l’intent d’assassinat de Reagan

[Artículo publicado en el Diari de Tarragona el 17 de abril de 2011]
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Washington, DC. – La història dels Estats Units té un fosc capítol que a mesura que passen els anys va omplint-se de contingut: el de la violència contra els seus polítics i, especialment, contra el seu President. Fa 146 anys de l’assassinat d’Abraham Lincoln, 130 del de James A. Garfield, 110 del de William McKinley i 43 del magnicidi de John F. Kennedy. Aquesta llista podria ben bé tenir un cinquè nom, el de Ronald Reagan que ara ha fet 30 anys de l’atemptat que gairebé el mata quan sortia de l’hotel Hilton de Washington, DC.
Era el 30 de març de 1981. Reagan va pronunciar un discurs en un acte organitzat per l’associació de treballadors AFL-CIO. Feia només 70 dies que havia jurat el càrrec i aquella visita suposava la 110ena vegada que un president anava el Hilton; per tant, l’edifici era prou conegut pel Servei Secret, l’enigmàtic equip de seguretat dels presidents. Com expliquen diversos llibres i documents apareguts ara amb motiu de l’aniversari, a la sortida de l’acte els guardaespatlles encerclaven Reagan en forma de rombe — un al davant, un al darrera i un a cada Sigue leyendo

Las armas de fuego y el fracaso del Estado

Washington, DC.- Recuerdo, siendo niño, las películas sobre la conquista del Oeste, que tan popular hicieron al mítico John Wayne. Todos los hombres portaban armas de fuego y su uso era tan habitual como el caballo. Esa tradición de llevar armas no ha desaparecido con el tiempo, y hoy sus defensores se aúnan tras un poderoso grupo de presión al que cualquier político que se precie debe tener en cuenta.

Esta semana han sufrido un revés. Querían que el Senado les aprobara una ampliación de los derechos que les amparan. Les han faltado dos votos (consiguieron 58 de los 60 necesarios) para que el Senado permitiera que los portadores de armas con permiso en un estado pudieran llevarlas también en otros estados. El argumento siempre es el mismo: la defensa personal ha de estar regulada para combatir con seguridad a aquellos delincuentes que llevan armas de fuego al margen de la ley.

A pesar del revés ahora, en mayo sí consiguieron el derecho de poder llevar sus armas de fuego en los numerosos parques nacionales del país. En esta ocasión se han quedado a las puertas de otra victoria. La oposición de dos republicanos, numerosos demócratas y la mayoría de los alcaldes de las grandes ciudades del país ha dado al traste con este intento que, presumo, no será el último.

El argumento es tan insólito como vergonzoso. La defensa personal es necesaria, pero si para que ésta sea segura, hay que llevar armas de fuego, entonces el Estado queda en evidencia. Aumentar los derechos de los portadores de armas da alas a la violencia en una espiral que tiene un final difícil. Lo que no parece coherente es permitir la venta de armas con una oferta infinita en algunos estados y, después, lamentarse de la violencia.

El senador republicano de Louisiana, David Vitter, utilizó entre sus argumentos a favor extractos de una carta que recibió de una ciudadana que se sentía más segura llevando su pistola cuando salía por la noche con su familia. ¿No tienen nada que decir aquí el Estado?

Creo que el uso de armas de fuego debe estar regulado y restringido a las fuerzas de seguridad y a aquellos que participen en deportes como la caza o el tiro; y siempre otorgado tras unos rigurosos exámenes psicotécnicos. Lo contrario, es una vergüenza y un fracaso del sistema.

Foto: Bruno Sánchez-Andrade Nuño