Casi treinta años protestando

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Washington, DC.- Concepción Martín Picciotto forma parte del paisaje de la Casa Blanca vista desde la avenida Pensilvania. Esta gallega de nacimiento y estadounidense de pasaporte, se instaló el 1 de agosto de 1981 en Parque de Lafayette desde donde los turistas y curiosos contemplan la residencia del presidente de los EE.UU. Su vida está dedicada desde entonces a protestar por las guerras, o como ella lo llama a vigilar permanentemente por la paz “con el fin de despertar al mundo que pasa por esta área a sacar fotografías de la Casa Blanca”. Tras un traumático divorcio, en 1974 un juez la consideró “inadecuada” para educar a su hija, y transformó su existencia en una protesta permanente en el centro de Washington. Desde entonces malvive, agarrada a su derecho adquirido de reivindicación en la plaza que, si abandona, perdería por el cambio de las leyes que se han endurecido para limitar a imitadores. “Sólo me marcho cinco minutos para ir al lavabo”, me explicó recientemente cuando, con unos amigos, nos acercamos para saber de sus motivos. “He sufrido encarcelamiento, abusos físicos y psicológicos, humillaciones, difamación de carácter, pobreza y discriminación—y todo esto en un país que se jacta como el único país libertario. Es dificilísimo existir sin condiciones mínimas de higiene y salud. Es gracias a Dios que sobrevivo en esta situación”, se explica orgullosa junto a sus pancartas contra la guerra.

Vive de la ayuda de grupos de caridad y es vegetariana. Sabe que no puede moverse porque perdería su derecho a continuar protestando allí, y no teme a enfrentarse al acoso policial, las provocaciones de radicales o las inclemencias del tiempo. Con la reciente histórica nevada que paralizó la Costa Este del país, “estuve enterrada en la nieve durante horas, y no podía casi ni moverme”, detalló contenta de permanecer al pie del cañón.

Concepción está atrapada en su protesta. La dureza de las condiciones de su reivindicación la han maltratado físicamente, y está cansada y enloquecida en su frustración. Su relato es difícil de creer y carece de detalles provatorios. Es una superviviente que atrae a curiosos y turistas, no tanto por la paz que exige, sino por lo exótico de su tinglado.

Al otro lado de la verja, el realismo de Obama contrasta con el trastocado idealismo de Concepción.

Foto: Bruno Sánchez-Andrade Nuño
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