Venezuela

Washington, DC. – Hace unos meses visité Caracas. Era octubre y las revueltas que estos días vemos en las calles de las principales ciudades de Venezuela se veían venir. Nicolás Maduro había ganado por la mínima unas recientes elecciones que no tuvieron observadores internacionales y en las que disponía a placer de constantes espacios en la televisión. En las calles, la inseguridad era latente. Mi anfitrión no paró de advertirme de qué podía o no hacer. Y me refiero a cosas tan sencillas como ir al supermercado de la esquina, hablar por teléfono en la calle o salir a cenar a un restaurante del barrio.

Desde la radicalización del chavismo a partir de 2004, la vida en el país se ha deteriorado hasta extremos insoportables. A la inseguridad se suma (y contribuye) una profunda crisis financiera –con una de las inflaciones más altas del mundo y un tipo de cambio oficial ocho veces menor al real– y de abastecimiento de alimentos básicos como el papel higiénico, la harina o el pollo –¡vi pasillos en céntricos supermercados con estanterías totalmente vacías!–.

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