Las armas de fuego y el fracaso del Estado

Washington, DC.- Recuerdo, siendo niño, las películas sobre la conquista del Oeste, que tan popular hicieron al mítico John Wayne. Todos los hombres portaban armas de fuego y su uso era tan habitual como el caballo. Esa tradición de llevar armas no ha desaparecido con el tiempo, y hoy sus defensores se aúnan tras un poderoso grupo de presión al que cualquier político que se precie debe tener en cuenta.

Esta semana han sufrido un revés. Querían que el Senado les aprobara una ampliación de los derechos que les amparan. Les han faltado dos votos (consiguieron 58 de los 60 necesarios) para que el Senado permitiera que los portadores de armas con permiso en un estado pudieran llevarlas también en otros estados. El argumento siempre es el mismo: la defensa personal ha de estar regulada para combatir con seguridad a aquellos delincuentes que llevan armas de fuego al margen de la ley.

A pesar del revés ahora, en mayo sí consiguieron el derecho de poder llevar sus armas de fuego en los numerosos parques nacionales del país. En esta ocasión se han quedado a las puertas de otra victoria. La oposición de dos republicanos, numerosos demócratas y la mayoría de los alcaldes de las grandes ciudades del país ha dado al traste con este intento que, presumo, no será el último.

El argumento es tan insólito como vergonzoso. La defensa personal es necesaria, pero si para que ésta sea segura, hay que llevar armas de fuego, entonces el Estado queda en evidencia. Aumentar los derechos de los portadores de armas da alas a la violencia en una espiral que tiene un final difícil. Lo que no parece coherente es permitir la venta de armas con una oferta infinita en algunos estados y, después, lamentarse de la violencia.

El senador republicano de Louisiana, David Vitter, utilizó entre sus argumentos a favor extractos de una carta que recibió de una ciudadana que se sentía más segura llevando su pistola cuando salía por la noche con su familia. ¿No tienen nada que decir aquí el Estado?

Creo que el uso de armas de fuego debe estar regulado y restringido a las fuerzas de seguridad y a aquellos que participen en deportes como la caza o el tiro; y siempre otorgado tras unos rigurosos exámenes psicotécnicos. Lo contrario, es una vergüenza y un fracaso del sistema.

Foto: Bruno Sánchez-Andrade Nuño