Esta semana, en el Congreso de Estados Unidos se vivió una de las sesiones más tensas que recuerdo, al menos en los últimos años. La fiscal general, Palm Bondi, compareció para abordar el proceso de publicación de los papeles del caso de Jeffrey Epstein, millonario acusado de tráfico sexual en serie de mujeres y niñas, y cuestionado por sus relaciones con ricos, políticos prominentes y miembros de la realeza. La publicación ahora de miles de documentos sobre su caso ha profundizado la controversia en torno a sus actividades y conexiones con figuras poderosas, entre ellas Donald Trump. Esta semana, los miembros demócratas del Comité Judicial de la Cámara de Representantes acusaron duramente a Bondi de orquestar un «encubrimiento» al ocultar la identidad de personas cuyos nombres aparecían en los más de tres millones de documentos del caso, y la criticaron con dureza por no ocultar los nombres de las supervivientes de los abusos de magnate. Ella tampoco se quedó corta respondiendo.
Hace unas semanas el periodista Toni Clapés, que dirige y presenta en RAC1 el exitoso programa Versió RAC1, me invitó a participar para explicar el escándalo. Clapés, en un momento de la conversación –y tras comparar el alcance de la indignación (y algunas dimisiones) vista en Europa– me preguntó por qué en Estados Unidos no ha habido dimisiones políticas, y comparó el momento actual con el vivido en los años 90 durante el escándalo de Monica Lewinsky cuando Bill Clinton abusó de su posición de poder como presidente para mantener una relación sexual inapropiada con esta becaria durante su mandato. Pero los momentos son distintos.
En los últimos años, Estados Unidos ha experimentado una creciente polarización, especialmente en el ámbito político, donde las diferencias ideológicas se han vuelto más rígidas y emocionales—debates subidos de tono como el de Bondi en el Congreso dan muestra de ello. Diversos factores han contribuido a este fenómeno: la fragmentación mediática, que permite a las personas consumir únicamente información alineada con sus creencias; el auge de las redes sociales, que amplifica discursos extremos y reduce los matices; y tensiones sociales y económicas que han profundizado la sensación de pertenecer a “bandos” opuestos. El resultado es un clima público de tensión con pocos precedentes en el que el desacuerdo se aborda con hostilidad, dificultando el diálogo y erosionando la confianza en las instituciones.
Además, esta polarización se produce en la era de la posverdad (que no tenía el mismo alcance en los 90), donde las emociones y las creencias personales suelen pesar más que los hechos verificables; y eso ha debilitado la confianza en los medios tradicionales que son los que informan sobre el caso Epstein cada vez que se publican nuevos documentos. La gente cree lo que ex ante creía. La circulación constante de desinformación en redes sociales, junto con la tendencia a buscar solo fuentes que confirmen lo que uno ya piensa, ha creado un entorno en el que la credibilidad periodística se cuestiona con facilidad. Como consecuencia, incluso informaciones bien fundamentadas en los papeles revelados del caso Epstein o investigaciones periodísticas independientes que van más allá son descartadas por sectores del público que ya no creen en el periodismo. Y, aun así, el caso no desaparece de la conversación pública. ¿Por qué? Porque la polarización lo mantiene vivo como arma arrojadiza contra “el otro”; y también porque no hay una única motivación mayoritaria detrás del caso, sino múltiples motivos que a cada grupo les genera su interés. Unos para atacar a Trump, otros para defender a las víctimas, otros para cuestionar al departamento de Justicia, otros para esclarecer supuestas conspiraciones internacionales de poderosos que creen que Bondi oculta… Es decir, no hay un único culpable al que señalar –al margen de Epstein, claro– pero a todos une la petición de más transparencia y que el caso no se olvide. Por eso, el caso no desaparece del debate público y Trump no logra que se olvide. Y al paso que vamos, parece que será uno los principales motivos (cada uno con el suyo propio) por los que los votantes van a decidir su voto en las elecciones de noviembre.