Blog – Gustau Alegret https://gustaualegret.com News Mon, 16 Feb 2026 14:23:11 +0000 en-US hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.9.1 https://i0.wp.com/gustaualegret.com/wp-content/uploads/2025/09/cropped-G-W.png?fit=32%2C32&ssl=1 Blog – Gustau Alegret https://gustaualegret.com 32 32 241712402 El caso Epstein en Estados Unidos https://gustaualegret.com/el-caso-epstein-en-estados-unidos/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=el-caso-epstein-en-estados-unidos https://gustaualegret.com/el-caso-epstein-en-estados-unidos/#respond Sun, 15 Feb 2026 02:21:00 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23672

Esta semana, en el Congreso de Estados Unidos se vivió una de las sesiones más tensas que recuerdo, al menos en los últimos años. La fiscal general, Palm Bondi, compareció para abordar el proceso de publicación de los papeles del caso de Jeffrey Epstein, millonario acusado de tráfico sexual en serie de mujeres y niñas, y cuestionado por sus relaciones con ricos, políticos prominentes y miembros de la realeza. La publicación ahora de miles de documentos sobre su caso ha profundizado la controversia en torno a sus actividades y conexiones con figuras poderosas, entre ellas Donald Trump. Esta semana, los miembros demócratas del Comité Judicial de la Cámara de Representantes acusaron duramente a Bondi de orquestar un «encubrimiento» al ocultar la identidad de personas cuyos nombres aparecían en los más de tres millones de documentos del caso, y la criticaron con dureza por no ocultar los nombres de las supervivientes de los abusos de magnate. Ella tampoco se quedó corta respondiendo.

Hace unas semanas el periodista Toni Clapés, que dirige y presenta en RAC1 el exitoso programa Versió RAC1, me invitó a participar para explicar el escándalo. Clapés, en un momento de la conversación –y tras comparar el alcance de la indignación (y algunas dimisiones) vista en Europa– me preguntó por qué en Estados Unidos no ha habido dimisiones políticas, y comparó el momento actual con el vivido en los años 90 durante el escándalo de Monica Lewinsky cuando Bill Clinton abusó de su posición de poder como presidente para mantener una relación sexual inapropiada con esta becaria durante su mandato. Pero los momentos son distintos.

En los últimos años, Estados Unidos ha experimentado una creciente polarización, especialmente en el ámbito político, donde las diferencias ideológicas se han vuelto más rígidas y emocionales—debates subidos de tono como el de Bondi en el Congreso dan muestra de ello. Diversos factores han contribuido a este fenómeno: la fragmentación mediática, que permite a las personas consumir únicamente información alineada con sus creencias; el auge de las redes sociales, que amplifica discursos extremos y reduce los matices; y tensiones sociales y económicas que han profundizado la sensación de pertenecer a “bandos” opuestos. El resultado es un clima público de tensión con pocos precedentes en el que el desacuerdo se aborda con hostilidad, dificultando el diálogo y erosionando la confianza en las instituciones.

Además, esta polarización se produce en la era de la posverdad (que no tenía el mismo alcance en los 90), donde las emociones y las creencias personales suelen pesar más que los hechos verificables; y eso ha debilitado la confianza en los medios tradicionales que son los que informan sobre el caso Epstein cada vez que se publican nuevos documentos. La gente cree lo que ex ante creía. La circulación constante de desinformación en redes sociales, junto con la tendencia a buscar solo fuentes que confirmen lo que uno ya piensa, ha creado un entorno en el que la credibilidad periodística se cuestiona con facilidad. Como consecuencia, incluso informaciones bien fundamentadas en los papeles revelados del caso Epstein o investigaciones periodísticas independientes que van más allá son descartadas por sectores del público que ya no creen en el periodismo. Y, aun así, el caso no desaparece de la conversación pública. ¿Por qué? Porque la polarización lo mantiene vivo como arma arrojadiza contra “el otro”; y también porque no hay una única motivación mayoritaria detrás del caso, sino múltiples motivos que a cada grupo les genera su interés. Unos para atacar a Trump, otros para defender a las víctimas, otros para cuestionar al departamento de Justicia, otros para esclarecer supuestas conspiraciones internacionales de poderosos que creen que Bondi oculta… Es decir, no hay un único culpable al que señalar –al margen de Epstein, claro– pero a todos une la petición de más transparencia y que el caso no se olvide. Por eso, el caso no desaparece del debate público y Trump no logra que se olvide. Y al paso que vamos, parece que será uno los principales motivos (cada uno con el suyo propio) por los que los votantes van a decidir su voto en las elecciones de noviembre.

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‘America first’ y el riesgo de quedarse solo https://gustaualegret.com/america-first-y-el-riesgo-de-quedarse-solo/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=america-first-y-el-riesgo-de-quedarse-solo Fri, 30 Jan 2026 14:24:50 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23668

El 19 de febrero de 2021 el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, aprovechó su primer discurso ante una audiencia global reunida en la Conferencia de Seguridad de Múnich para declarar que con su gobierno volvía la normalidad. «Estados Unidos ha vuelto», dijo en su intervención virtual desde Washington; «la alianza transatlántica ha vuelto».

Sus palabras fueron recibidas con cierto alivio por los presentes y los gobiernos europeos tras cuatro años de una administración Trump que hizo alarde de su política exterior bajo la premisa del America first (Estados Unidos primero). Nadie podía imaginar que ese regreso de Biden sería un espejismo. La victoria de Trump cuatro años después demostró que Biden no solo estaba equivocado, sino que los temores de algunos mandatarios europeos sobre la confiabilidad futura de Washington era una realidad a la que simplemente le faltaba tiempo para evidenciarse.

En este primer año de su segunda presidencia, Donald Trump no ha perdido el tiempo poniendo en marcha sus políticas que, según él, priorizan a su país en múltiples frentes: el comercial –con aranceles masivos al mundo–, en el diplomático –criticando a gobiernos amigos y tratando con guante de seda a supuestamente rivales–, en seguridad nacional –reviviendo la doctrina Monroe con su versión militarizada del America for the Americans (el continente americano para los estadounidenses)–, en el migratorio –con detenciones violentas y deportaciones indiscriminadas–, en el militar –llevando a la alianza de la OTAN a momentos críticos que apuntan su final–, o en el territorial –sugiriendo incorporar a Canadá como un nuevo estado del país o anexionarse por las bravas Groenlandia–. Todo, con un equipo de asesores aparentemente incapaz de llevarle la contraria y un Congreso postrado a sus voluntades, por convicción o por miedo, inútil para asumir su rol constitucional y de contrapoder al Ejecutivo.

No me cuenten entre los que creen que Estados Unidos es o va camino de convertirse en una dictadura. No. Creo que quienes dicen eso o no saben qué es vivir en una dictadura o desconocen lo que pasa en este país. No niego que se están produciendo excesos, pero la institucionalidad de Estados Unidos es todavía suficientemente resistente y una gran mayoría de ciudadanos están, sin duda, profundamente comprometidos con las libertades democráticas; y ambas cosas serán el dique de contención que devolverán en pocos meses las aguas a su cauce democrático. En las elecciones de noviembre veremos una buena muestra de lo que les estoy diciendo. Dicho esto, sí creo que este último año de Trump, con su America first, ha confirmado ya algo que ninguno presidente que venga después va a poder recuperar fácilmente, al menos en una o dos generaciones: la confianza en Estados Unidos.

El orden global surgido de la Segunda Guerra Mundial y consolidado tras la caída del muro de Berlín ya no va a ser el mismo. No sé cuál será, pero la hegemonía norteamericana y la predictibilidad que guiaba las relaciones internacionales han cambiado. Washington ha renunciado a las normas de consenso que nos regían y a áreas de influencia en el mundo que había consolidado en las últimas décadas (y esta retirada la están aprovechando sus rivales, particularmente Rusia y China, para ocupar esos espacios). Además, los socios occidentales que se sabían aliados y protegidos por Estados Unidos hoy saben que no pueden confiar en esa relación con la misma tranquilidad con la que contaban hace tan solo unos años—por eso, buscan ya alternativas. Lo vemos estos días con Canadá, Alemania, Nueva Zelanda, Australia, Brasil, Corea del Sur o el bloque europeo en su conjunto. Sus líderes forjan acuerdos estratégicos con India, China o Vietnam para reducir su dependencia estadounidense ante la mirada del gobierno Trump. Y la respuesta del presidente estadounidense es la de amagar con nuevos aranceles, sin reparar que son precisamente los desplantes, las amenazas y esos aranceles los que están alentando esos movimientos de sus aliados.

Estados Unidos ya no es un socio confiable y predecible; y con su America first, Trump va camino de conseguir lo impensable: el America alone (Estados Unidos solo).

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La legitimidad de María Corina Machado https://gustaualegret.com/la-legitimidad-de-maria-corina-machado/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=la-legitimidad-de-maria-corina-machado https://gustaualegret.com/la-legitimidad-de-maria-corina-machado/#comments Sat, 17 Jan 2026 15:23:47 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23665

La reunión que vimos esta semana en la Casa Blanca entre el presidente Donald Trump y la líder opositora venezolana y nobel de paz, María Corina Machado, fue un ejercicio de realismo político que interesaba a las dos partes del encuentro.

Es evidente la polarización que genera Venezuela en el debate público, particularmente –y sorprendentemente, o no…– en España. He leído con sorpresa comentarios de “expertos” que han intentado explicar el encuentro en términos peyorativos, humillantes o ninguneantes para la Nobel de Paz. Explican que si entró por tal puerta al recinto presidencial, que si no hubo foto, que si no estuvo en la Sala Oval… argumentos peregrinos que nacen de la trinchera ideológica de quien los formula, sin advertir que el mismo encuentro, per se, es todo un reconocimiento (sin mencionar que sí hubo foto, sí estuvieron ambos en la Sala Oval, almorzaron juntos, la reunión se alargó casi una hora más de lo previsto y al encuentro se unieron altos funcionarios como el vicepresidente J.D. Vance, el secretario de Estado, Marco Rubio, o la poderosa jefa de Gabinete de Trump, Susie Wiles). Sí fue un encuentro importante que, como digo, ambos querían y necesitaban.

Para María Corina, el encuentro con Trump fue una oportunidad para reivindicar su liderazgo en Venezuela. Ella es, sin duda, la líder de un movimiento que ha ilusionado a miles de ciudadanos como la figura que plantó cara a un régimen ilegítimo, brutal, corrupto e inhumano; que ha sido perseguida, asediada, amenazada, asaltada y cuyo entorno político ha sufrido las consecuencias de esa valentía; que, a pesar de haber sido inhabilitada injustamente, supo promover un candidato –Edmundo González– para concurrir a unas elecciones en circunstancias dificilísimas, humillando al régimen y demostrando que las ganaron. Sí, María Corina Machado reivindicó su liderazgo frente a Trump en ese encuentro como interlocutora a la que el presidente ha marginado ahora en sus planes para Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. Ahí entra en juego la dedicatoria del Premio Nobel de Machado a Trump en esa reunión. Para agradecerle lo que considera una liberación del sátrapa de Maduro recurriendo a la polémica vía militar (María Corina Machado siempre ha sostenido que, como declaró a la BBC en 2019, «solo la amenaza inminente y severa del uso de la fuerza sacará a Maduro del poder», como así ha sido).

Pero Trump también tiene interés y necesita a María Corina, aunque no ahora. No la necesita ahora porque es evidente también que María Corina Machado no controla el país, ni el territorio, ni la logística, ni es garantía de que no haya violencia, y todo eso –en la fase en que nos encontramos–, pesa más que la legitimidad, los votos o el apoyo popular.

El secretario de Estado, Marco Rubio, resumió recientemente las tres fases de los planes estadounidenses para Venezuela. El primero está en curso: el control del caos. Una vez descabezado el régimen, Estados Unidos negocia con quien tiene las armas, con los que pueden desatar violencia y los que saben dónde están los problemas. Aquí entra Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro y hoy presidenta encargada; no por gusto sino por necesidad. En la segunda fase, la del reacomodo del poder, comenzarían a entrar en lugares de decisión civiles, técnicos, actores necesarios para la reconstrucción del país que sean “aceptables” para las dos partes. En esta fase, Edmundo González y otros podrían tener un rol. ¿Y dónde queda María Corina? En la tercera fase, la de legitimación. Es el último estadio del proceso de transición donde deberán organizarse y garantizarse elecciones libres. María Corina Machado es parte de la narrativa democrática de esa fase.

Machado no está fuera del tablero. No es la carta para esta jugada, pero es una carta valiosa y necesaria para las siguientes. María Corina hoy no es parte directa de las conversaciones con el régimen, pero lo fue esta semana, al más alto nivel, con quien las mantiene. Su rol será el de legitimadora y posiblemente la figura que capitalice políticamente el futuro que vendrá para Venezuela, muy a pesar, seguramente, de los “expertos” acomodados en su trinchera ideológica.

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¿Por qué Trump está obsesionado con Groenlandia? https://gustaualegret.com/por-que-trump-esta-obsesionado-con-groenlandia/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=por-que-trump-esta-obsesionado-con-groenlandia Thu, 15 Jan 2026 12:48:24 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23663

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha convertido la adquisición de Groenlandia en un objetivo obsesivo y prioritario de su segundo mandato en la Casa Blanca. «[C]ualquier cosa» que no sea el control estadounidense de ese territorio –escribió en su red social Truth– es «inaceptable» y lo hace con argumentos conocidos, y también con motivaciones que no lo son tanto.

No es la primera vez que un gobierno estadounidense estudia cómo adquirir la isla. Las últimas más conocidas las ha liderado Trump: en 2019 –durante su primera presidencia– y ahora en 2025; y lo argumenta públicamente por motivos estratégicos, económicos y geopolíticos.

Groenlandia tiene, sin duda, una ubicación estratégica entre América del Norte, Europa y el Ártico; es una ruta crítica en términos militares y económicos. Los Estados Unidos operan hoy en ese territorio la Base Espacial de Pituffik, que es fundamental para el sistema de alertas tempranas de misiles, vigilancia espacial y defensa del Ártico. Entre el continente europeo y el americano, Groenlandia se ubica en el punto para la detención de barcos y posibles submarinos rusos que zarpan del norte de Europa para adentrarse en el Atlántico. Además, por el norte, es más fácil contener a Rusia y China que están reforzando su presencia militar en el Ártico (China se definió como un «estado próximo al Ártico» en 2018).

Económicamente, el territorio también es crítico por dos motivos: sus recursos naturales y las nuevas rutas marítimas. Groenlandia tienen tierras raras, fundamentales para enfrentar la carrera tecnológica, para defensa y para la energía verde. Potencialmente tiene petróleo y gas, además de uranio. Trump quiere garantizar la sostenibilidad de la independencia energética de Estados Unidos y reducir la dependencia de EE. UU. de China en las tierras raras. Y es evidente también que, con el deshielo, el Ártico ofrece trayectos marítimos más cortos entre Asia, Europa y América del Norte, que son clave en un mundo globalizado e interdependiente.

Pero estos motivos militares o económicos no son insalvables para los intereses estadounidenses sin poseer el territorio. El hecho de que Groenlandia sea un territorio autónomo de Dinamarca –país aliado, miembro de la OTAN– posibilita a Washington buscar por la vía diplomática la cooperación o garantías para sus intereses (es risible, como mínimo, el argumento de Trump de que «no vamos a tener a Rusia ni a China como vecinos», cuando Alaska es, de hecho, un territorio estadounidense limítrofe con Rusia por el Oeste, y es en el mar de Bering donde estos dos rivales de Estados Unidos tienen, de hecho, una presencia militar que de verdad debería preocupar Trump). Y en temas comerciales o de minerales críticos, Estados Unidos –como tiene con otros muchos países– puede llegar a acuerdos ventajosos que beneficien a su país, a los groenlandeses y a Dinamarca.

¿Por qué, entonces, Trump aparentemente solo considera aceptable incorporar Groenlandia a Estados Unidos? Porqué Trump es, fundamentalmente un empresario inmobiliario que entiende que solo cuando uno posee una propiedad es cuando la cuida, y él encara este proceso con una mentalidad transaccional—como si fuera un negocio o una gran operación inmobiliaria a largo plazo. A esto, se suma el segundo motivo –tan personal como el primero– y que está relacionado con su imagen: anexionar Groenlandia le permitiría lanzar un potente mensaje político interno enmarcado en su nacionalismo asertivo que logra la expansión del poder estadounidense rompiendo con las formas diplomáticas tradicionales que tanto critica.

La pregunta es hasta donde está dispuesto a llegar Trump, más tras el éxito de su operación militar en Venezuela y su convicción de que puede hacer lo que le dé la gana. El peor escenario al que nos enfrentamos es una crisis diplomática mayúscula que haga implosionar a la OTAN y aleje aún más a Estados Unidos del proyecto europeo (haciendo, de nuevo, las delicias de Putin).

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El fin de una era y el desafío de comprender al otro https://gustaualegret.com/el-fin-de-una-era-y-el-desafio-de-comprender-al-otro/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=el-fin-de-una-era-y-el-desafio-de-comprender-al-otro Thu, 11 Dec 2025 12:35:35 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23612

Estamos asistiendo al fin de una era. Los cambios históricos no se dan nunca de la noche a la mañana. Los historiadores, cuando los explican, acaban encontrando un hecho o un año a partir del cual se establece el antes y el después. Los que vivieron esos momentos sabían que algo relevante estaba pasando, pero no tenían todavía la necesaria perspectiva histórica. La era que nos ha tocado vivir fue la que siguió a la Guerra Fría, cuyo final –y, por ende, inicio de la actual– fue 1989 cuando cayó el muro de Berlín, se desintegró después la Unión Soviética y el mundo se organizó en lo que se conoce como orden internacional liberal basado en reglas.

El historiador y vicepresidente ejecutivo del Instituto Berggruen, Nils Gilman, resumió este año en un artículo publicado en la revista Foreign Policy los «pilares normativos» sobre los que cristalizó esta nueva era en los años noventa del siglo pasado: las fronteras internacionales no debían redibujarse por la fuerza; el principio de soberanía nacional es inviolable, salvo en casos de violaciones contra los derechos humanos; la integración económica y financiera global a favor del libre comercio; y las disputas entre Estados debían zanjarse mediante negociaciones en instituciones multilaterales. Esos principios, cuestionados timoratamente desde el principio por países como Rusia o China, hoy están plenamente en riesgo, no sólo por el poder que estos dos países tienen hoy en la esfera global, sino por el mismo Estados Unidos que, hasta ahora, con su posición hegemónica, se había erigido en garante de ese orden liberal.

Las transiciones de eras, como decía, son lentas pero claras, y estamos ante una de ellas. Sabemos lo que se está perdiendo, pero no hacia donde vamos (aunque el contexto no augura nada bueno).

Decía Samuel Huntington en su ensayo sobre el «Choque de Civilizaciones» (1993) que los estados-nación dejarían de ser actores relevantes decisivos para ser las «civilizaciones» las que interactuarían –y se enfrentarían– con el devenir de los años. Gilman explica que Huntington definió un mundo «moldeado, en gran medida, por las interacciones entre siete u ocho grandes civilizaciones: la occidental, la confuciana, la japonesa, la islámica, la hindú, la eslavo-ortodoxa, la latinoamericana y, quizá también, la africana»; y que los conflictos «estallarían precisamente en esas líneas de falla culturales que separan unas civilizaciones de otras». Lo vemos hoy de manera evidente en las batallas de Estados Unidos (occidental) con China (confuciana) y Rusia (eslavo-ortodoxa); y también de Israel (occidental) con Palestina y el mundo islámico. No son solo conflictos culturales. Son choques que cuestionan las normas y en los que se impone (o lo intenta) el más fuerte.

Comprender al otro

Acabo de regresar del Foro de Doha, un espacio de encuentro que se celebra anualmente desde 2003 en la capital de Catar para promover el diálogo, reunir a líderes políticos y debatir los desafíos críticos que enfrenta el mundo. No es la primera vez que participo, pero en las cinco ocasiones que he asistido siempre me he sorprendo descubriendo voces y perspectivas diferentes a la narrativa occidental y que explican los mismos hechos. Desde el conflicto árabe-israelí, el pulso de Irán con Occidente, el rol que reivindica el mundo árabe, los motivos de Rusia para confrontar a Europa y Estados Unidos, o cómo ve China al mundo.

Sigo teniendo la convicción de que la democracia liberal y los principios que la inspiran son –cómo decía Winston Churchill – «la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que han sido probadas de vez en cuando», pero escuchar los argumentos del otro –sean voces de China, Rusia o Irán, por citar algunas– ayuda a comprender sus motivos, aunque puedo no estar de acuerdo, y a apelar a la humildad que tanto necesitamos en nuestra visión Occidental desde la que no siempre hemos hecho las cosas bien.

La escucha activa nos abre la mente y nos predispone a evitar el conflicto, el «choque», para apostar por la convivencia. Y eso nos lo muestran espacios como el Foro de Doha, que hoy se hacen más necesarios que nunca para evitar que le tengamos que dar la razón a Huntington, por el bien de todos.

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Secularizar la Navidad https://gustaualegret.com/secularizar-la-navidad/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=secularizar-la-navidad Sat, 29 Nov 2025 00:22:04 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23609

Estamos en Navidad. Todavía no es 25 de diciembre, pero desde hace días –incluso semanas– los villancicos y la decoración de esta época del año lo inunda todo: calles, centros comerciales, tiendas de barrio, oficinas… y es cierto que fa festa, como decimos en catalán. Abetos, guirnaldas, estrellas, luces parpadeantes y figuritas varias adornan todos los rincones — no quiero imaginar los que detestan estas fiestas cómo lo deben estar pasando; a mí, personalmente, me gustan, aunque reconozco que en algún momento puede ser abrumador.

La Navidad es una fiesta religiosa, aunque a tenor de las encuestas de sentimiento y práctica creyente, hoy para muchos tiene más de cultural que de fe, y a nadie se le puede imponer una creencia, como tampoco se le debe privar a nadie de la esencia en la que se enraíza la celebración. Lo digo por el afán que aparentemente tienen algunos –consciente o inconscientemente– de desnaturalizar (otros dirían laicizar) la celebración. No solo por lo absurdo de la decisión, sino porque estamos privando a las nuevas generaciones de comprender esta fiesta que tan interrelacionada está con nuestras raíces y nuestra cultura; y no hace falta ser ni practicante ni creyente para defender lo que digo.

Las fiestas de Navidad están relacionadas con el nacimiento del Niño Dios, con el pesebre, con los Reyes Magos. No nos es propio ni el Papa Noel, ni los elfos, ni los renos, ni los trineos… Ojo, que quien quiera ponerlos en su vida o como parte de su decoración navideña, que lo haga, pero tenemos que ser conscientes de que estos elementos son propios de otras tradiciones navideñas y no deberíamos permitir que desplazaran o, aún peor, sustituyeran a nuestros referentes de esta fiesta y en cómo la celebramos en nuestra cultura y tradición.

No me malinterpreten: estoy a favor de la libertad. Cada uno ha de poder escoger cómo y con qué decora su casa, su tienda o su comercio, pero esa elección ha de ser consciente, no por la inercia que impone la presión comercial, los productos audiovisuales anglosajones, o –aún peor– por una tolerancia mal entendida de algunos o la animadversión a lo religioso de otros, que amputa la esencia cultural que explica nuestra Navidad. Insisto en que a nadie se le debe imponer nada, pero tampoco debemos permitir que el buenismo malentendido acabe diluyendo lo que somos. No por religioso sino por cultural.

Sigo asombrado por la incoherencia de algunos ayuntamientos que optan –para no herir sentimientos, dicen, de quienes no practican o simplemente no comulgan con ninguna religión–por secularizar las fiestas: quitan el pesebre de las ciudades, eliminan imágenes del Nacimiento, promueven a Papa Noel por encima de los Reyes Magos, o sustituyen la estrella de Belén por una lluvia de estrellas que ilumina toda una avenida. Son estos mismos ayuntamientos los que, el 5 de enero, movilizan a voluntarios y policías locales para asegurar que las cabalgatas de sus majestades llegue hasta el consistorio donde sus alcaldes se dan un baño de masas recibiendo a los personajes y sus séquitos.

Nos guste o no, la historia que nos define hoy está imbricada en la religión, y sin conocer esa historia y los hechos o elementos religiosos que la definieron, no se puede entender ni quienes somos, ni de dónde venimos, ni el arte o las tradiciones que nos enriquecen como pueblo y como sociedad occidental.

¿Cómo entenderán las generaciones más jóvenes los pessebres vivents o Els Pastorets; Sant Esteve, Sant Silvestre o la Nit de Reis? Y ya no menciono la literatura, la pintura o la escultura plagada de infinitud de referentes religiosos. Esconder esos elementos, omitirlos o ignorarlos, erosiona nuestras raíces, nos empobrece culturalmente y priva a las nuevas generaciones –hoy menos religiosas que hace unas décadas– de una mejor comprensión de lo que somos y nos define.

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Al Barça, ara toca mirar al futur https://gustaualegret.com/al-barca-ara-toca-mirar-al-futur/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=al-barca-ara-toca-mirar-al-futur Sat, 15 Nov 2025 05:32:00 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23606

Recordo la nit electoral de les eleccions a la presidència del Futbol Club Barcelona de 2003. En saber-se la victòria de Joan Laporta, amb un grup d’amics vam anar a la seu de campanya al passeig de Gràcia per viure els resultats en directe. Laporta estava eufòric, com els centenars de seguidors que corejaven el seu nom i veien en ell un nou rumb pel Barça. Aquell jove advocat representava un canvi per un club que necessitava una renovació urgent de lideratges, i els socis així ho van confirmar. Més de dues dècades després, l’era Laporta –que l’inclou a ell i, si se’m permet, als que han vingut després– està esgotada. El Barça torna a necessitar un canvi urgent, i qui avui té l’experiència i capacitat per conduir-lo és l’empresari Víctor Font.

No es pot negar que l’era Laporta ens ha donat grans alegries als barcelonistes. Són innegables els èxits esportius dels últims anys, pels que hem d’estar agraïts. Però la seva part de rauxa no pot tapar el desori de gestió que s’aprecia a molts racons del club: fitxatges que no arriben, comissions estranyes, incompliments de terminis…

Avui Laporta personalitza la institució i juga amb la idea que ell és el Barça i el Barça és ell, i aquest club centenari que tants estimem és més que el seu president. El Barça ha estat sempre un club plural i intergeneracional de socis i aficionats de diversos orígens i condició. Malauradament, avui el club està enfrontat amb molts dels col·lectius organitzats que integren aquesta base plural: des de la grada d’animació (potser perquè van cridar “Barça sí, Laporta no”), passant per les penyes o qualsevol que posi en dubte la línia oficial del Club. El Barça és més fort quan la seva pluralitat suma i empeny en la mateixa direcció, i per això cal tenir-la en compte. ¿Com pot ser que el nou Camp Nou reservi la meitat del seu aforament a turistes i deixi l’altra meitat a socis, els veritables propietaris del club?

Aquest personalisme que avui exerceix Joan Laporta, ¿és també l’origen de les improvisacions i contradiccions –¿enganys?– dels últims anys? Quin millor exemple d’això que dic que el sainet que hem viscut sobre el retorn al Camp Nou, les explicacions poc convincents amb els comptes del club o les inacceptables comissions a intermediaris que s’han conegut. La transparència s’ha esvaït, el Club no pot fitxar o inscriure els jugadors que vol i té un deute reconegut de 2.500 milions i unes pèrdues acumulades de 230 milions. Els comptes reclamen una nova gestió professional que garanteix el model, allunyi el fantasma de la societat anònima i torni a posar al soci al centre i el futbol i la resta de seccions al cor del projecte.

No podem ignorar que el futbol masculí és la gran secció del Club, i que els èxits de la seva secció femenina estan obrint nous espais d’il·lusió, però el Barça és un club poliesportiu on el bàsquet, l’handbol, l’hoquei o el futbol sala mereixen més l’atenció i menys retallades. El futur nou Palau, per exemple, genera més dubtes que certeses i no és clar que es pugui fer amb els 1.500 milions que es van obtenir per finançar l’Espai Barça atesos els sobrecostos que estan apareixent. ¿Improvisació un altre cop?

Alguns dels èxits esportius de les darreres temporades han pogut fer oblidar temporalment aquesta preocupació per la deriva en la gestió del club, però cada cop més socis en són conscients, potser perquè tothom sap que la falta de solvència econòmica posa en perill els resultats esportius. Des de fa temps, personalitats i col·lectius barcelonistes s’estan trobant per la coincidència de creure que cal actualitzar el Barça i tornar als orígens; i d’entre tots ells, la proposta de nou moviment transversal –amb personalitats com Jaume Guardiola, l’associació Sí al Futur de Víctor Font o el col·lectiu Suma Barça, entre d’altres– és la més solvent.

Font és un barcelonista de pedra picada que no només viu el Barça amb passió sinó que la balanceja amb un estil assenyat que acompanya amb dades i números. Seny i rauxa. Es va presentar a les eleccions del 2021, i és evident la seva evolució d’aquell candidat amateur del primer cop. Laporta el va voler desqualificar un dia retraient-li que representava un lideratge de PowerPoint, sense adonar-se que el retret era, en el fons, un elogi a la solidesa del seu projecte alternatiu a l’actual gestió desendreçada del club.

A Joan Laporta li hem d’agrair moltes coses. Avui, el millor servei que pot oferir al Barça és acabar el seu mandat i donar pas a un nou equip. Ho pot fer ell amb generositat o el soci amb el seu vot.

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Saludar, agradecer y quejarse menos https://gustaualegret.com/saludar-agradecer-y-quejarse-menos/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=saludar-agradecer-y-quejarse-menos Sun, 26 Oct 2025 15:00:45 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23473

Washington, DC — Nos quejamos mucho. Siento que más que en otros países, al menos en lo que he podido constatar comparándonos con la sociedad estadounidense o la mayoría de las latinoamericanas con las que he podido interactuar en los últimos 18 años viviendo en el extranjero. Nos quejamos del clima –haga calor o frío, llueva o no llueva–, del partido de fútbol de nuestro equipo –haya ganado o perdido–, de los políticos –sobre todo de lo que no nos gusta que hagan, sin intentar valorar lo positivo que puedan hacer… que algo harán bien, digo yo–, del precio de las cosas –porque “todo está caro”, sin ver que tenemos de todo–… y así, hasta el infinito. Siempre la queja. Y no digo que no nos podamos quejar, pero ¿es necesario que nos quejemos tanto?

No sé si lo anterior tiene o no relación, pero de un tiempo a esta parte también suelo fijarme en la práctica del agradecer cuando recibimos de quienes nos rodean o con quienes nos cruzamos en el día a día. De si se piden las cosas por favor y, al recibirlas, se dan las gracias.

“¡Un cortado!”, escuché la última vez que estuve en Tarragona de un cliente que entró a un bar sin mediar antes palabra. “¿Tiene azúcar?”, fue la respuesta que le dio al camarero cuando se lo sirvió en la barra. Ni un “hola”, ni un “por favor”, ni un “gracias”. ¿Tan difícil era añadir alguna de esas palabras en su comunicación?

Hagan el ejercicio de fijarse allí donde vayan y se darán cuenta de cómo, esas buenas prácticas se están perdiendo sin darnos cuenta. Ya no echamos de menos saludar cuando entramos a un lugar, o la educación cuando pedimos las cosas. Y lo que es más preocupante es que a algunos les parecen modas pasadas o antiguas, propias de otra generación.

En todos los países a los que he viajado en América Latina, entrar en un ascensor es sinónimo de saludar con un “buenos días”. Da igual si conocemos a los que están. El saludo es parte de la acción de subirse al ascensor. En algunos, la práctica incluye un “¡permiso!”, cuando llegan a su planta y se bajan. Es cierto que pocos responden, pero eso no es óbice para que no saluden. Es algo sencillo, extendido y esperado. Es una interacción muy básica de la sociedad en la que convivimos. Pero aun siendo básica, la estamos perdiendo.

En el gimnasio que frecuento en Washington hay una señora hispana que trabaja limpiando las instalaciones. Siempre va de un lado para otro con alguna misión. Fregar debajo de la zona de pesas, limpiar los espejos en los que la vanidad de los socios se ve reflejada, pasar un trapo limpio por la fuente de la que todos bebemos o rellenamos nuestras botellas, o secar las máquinas de ejercicio en las pausas de uso de quienes se ejercitan con ellas para no perder el buen cuerpo al que todos deberíamos aspirar (fundamentalmente por salud, claro). ¿Saben cuántas personas la saludan o le agradecen su trabajo? Ninguna. Cero. Y lo digo porque desde hace dos meses –cuando yo descubrí que la ignoraba como el resto– decidí empezar a saludarla y agradecerle su trabajo. Con los días, interactuamos más y nos contamos algo de nuestra vida. Ella fue la primera sorprendida de mis saludos porque ha naturalizado que es invisible para la mayoría de socios del gimnasio a pesar de trabajar ocho horas cada día y cruzarse a diario con los mismos. Ella es la que se asegura de que todos ellos tengan las instalaciones limpias, y nadie la ve. Ahora, cuando nos cruzamos, es ella la que me saluda con una sonrisa.

Saludar o agradecer va más allá de unas simples palabras. No solo fomenta un estado mental más positivo, sino que mejora nuestra vida y la de los demás; reduce nuestro estrés, nuestra ansiedad, y aumenta nuestro bienestar general y el de quienes están a nuestro alrededor.

Recuerdo cuando era pequeño que una y mil veces mis padres que repetían aquello de “¿cómo se pide?”. Esa frase era el indicador de que había olvidado el “por favor”. Y cuando escuchaba el “¿y qué se dice?” es que me faltaba un “buenos días” o un “gracias”. Ahí se empieza a aprender. Ahí se siembra la semilla de la cortesía y la buena educación que, de manera generalizada, nos beneficia a todos al hacer un sociedad más amable y humana. Perder esas buenas costumbres nos puede pasar a todos, más en este mundo individualista en el que vivimos, pero la buena noticia es que recuperarlas está al alcance de cada uno de nosotros si nos lo proponemos. Los beneficios de saludar o ser corteses superan con creces a los perjuicios. Hagan la prueba y verán como la vida les sonríe, nos quejamos menos y hacemos así más amable nuestro día a día y el de quienes se cruzan en nuestras vidas.

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No simplifiquem el conflicte entre Israel i els palestins https://gustaualegret.com/no-simplifiquem-el-conflicte-entre-israel-i-els-palestins/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=no-simplifiquem-el-conflicte-entre-israel-i-els-palestins Sun, 12 Oct 2025 02:15:33 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23466


Després de més de dos anys de guerra, i dècades de conflicte, la setmana passada es va anunciar un històric acord entre Israel i el grup terrorista fonamentalista islàmic de Hamàs per posar fi a les hostilitats i avançar en un pla de pau. L’anunci el va capitalitzar el president dels Estats Units, Donald Trump, qui, a través de la seva xarxa Truth Social, va dir estar “molt orgullós d’anunciar que Israel i Hamàs han signat la primera fase del nostre pla de pau”. “Aquest és un GRAN dia”, va escriure utilitzant les majúscules, “per al món àrab i musulmà, Israel, totes les nacions circumdants i els Estats Units d’Amèrica” per aquest “esdeveniment històric i sense precedents”, per concloure que han de ser “BENEÏTS ELS PACIFICADORS!”, referint-se a ell mateix.
L’anunci i confirmació posterior per part d’Israel i Hamàs és, sense dubte, un assoliment diplomàtic significatiu, i tot i que tots parlem de “pla de pau”, crec que és millor referir-nos-hi com a ultimàtum de Trump a Hamàs. Només unes hores abans de l’anunci, el mateix Trump els havia amenaçat «d’anihilació total» si no hi havia acord. Sigui como sigui, l’entesa, malgrat tenir punts febles com la manca d’un calendari clar o terminis definits, és una notícia important i necessària per posar fi a un conflicte que ha deixat ja massa odi, mort i destrucció.
El conflicte, però, no és recent. No va començar aquest any, ni l’anterior, ni fa dos anys amb l’atroç atemptat terrorista del 7 d’octubre. Es remunta a la creació de l’estat d’Israel, quan Nacions Unides va aprovar el 1947 la resolució 181, coneguda com el Pla de Partició que el 14 de maig de 1948 donaria lloc al nou país. Aquella decisió, i la seva implementació en les dècades següents, van estar marcades per decisions controvertides, accions violentes, desplaçaments forçats, manca d’empatia entre les parts i molt poca voluntat de cap d’elles de trobar sortides a les seves diferències, amb la condició –no gens menor– que una d’aquestes parts tenia ja aleshores una capacitat militar i diplomàtica infinitament superior a la de l’altra –la palestina–, sovint oblidada o fins i tot menystinguda per propis i estranys. D’aquella pols, doncs, aquest fangar que avui és tan profund, llefiscós i complicat que explica per què és tan difícil de resoldre. El que és evident –i no podem obviar– és que cap dels dos, israelians i palestins, han fet bé les coses. Tots dos són responsables, en la seva proporció, del conflicte que ha fet tant mal a les dues societats. Insisteixo perquè sé quant sensible és aquest tema: els dos actors principals i enfrontats d’aquest conflicte no han tingut ni les mateixes eines ni la mateixa responsabilitat en aquest conflicte, però que un tingui més responsabilitat que l’altre no fa que la responsabilitat d’aquest altre es pugui justificar o ignorar, i això s’ha de poder dir.
La setmana passada em van convidar a participar en una tertúlia d’actualitat a una televisió. Jo hi era per parlar dels Estats Units. Després de presentar el tema, la presentadora va obrir el torn d’anàlisi oferint la paraula als altres analistes de l’estudi que van anar dient la seva, alguns amb més precisió i coneixement que els altres. Tots, però, tenien una coincident línia d’opinió que tendia a presentar la part palestina com l’agredida i la israeliana com l’agressora, sense més matisos, ni context històric, ni fets anteriors. En la majoria dels casos, ni tan sols a l’atemptat del 7 d’octubre, la qual cosa fa difícil entendre, com a mínim, els darrers dos anys de conflicte.
Els periodistes que mirem d’explicar l’actualitat hem de ser capaços d’oferir als ciutadans que ens escolten no només afirmacions d’una realitat parcial, sinó context i els punts de vista dels diversos actors, hi estiguem o no d’acord. Analitzar el conflicte àrab-israelià o palestí-israelià requereix explicar la responsabilitat compartida que tenen els dos després de dècades d’hostilitats, amb el grau de responsabilitat que correspongui, recordant-li a l’oient, al lector, que aquesta guerra no comença ni amb l’atemptat del 7 d’octubre, ni amb la primera bomba llençada sobre Gaza dies després.
La indignació que ens provoquen els 67.000 morts i gairebé 170.000 ferits palestins ha de ser també la dels 2000 israelians morts i els seus 20.000 ferits. La indignació que sentim com a demòcrates, però sobretot com a éssers humans, ens ha de portar a abraçar totes les víctimes, a no acceptar la simplificació del conflicte i a ser capaços d’alimentar l’esperit crític per no deixar-nos arrossegar per la narrativa d’uns dels dos bàndols.

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Sobre la violència política als EUA https://gustaualegret.com/sobre-la-violencia-politica-als-eua/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=sobre-la-violencia-politica-als-eua Mon, 22 Sep 2025 19:10:25 +0000 https://gustaualegret.com/?p=23463


Washington D.C. – Aquest diumenge, a Glendale, Arizona, es va acomiadar amb una cerimònia multitudinària a l’activista conservador Charlie Kirk, assassinat el 10 de setembre per un jove que, segons les autoritats, s’havia radicalitzat en els últims mesos. Kirk és l’última persona que ha perdut la vida als Estats Units assassinada en actes terroristes amb motivació política. La seva mort ha suposat un sotrac al moviment polític que lidera el president Donald Trump conegut com a MAGA, Make America Great Again. L’activisme de Kirk es definia per una retòrica política confrontacional i deshumanitzada. Defensava a ultrança el dret a portar armes, posicions xenòfobes, islamòfobes i contra les comunitats LGTBIQ+, així com una militància nacionalista cristiana excloent. Tot i això, després de la seva mort, ha estat elogiat per influents veus liberals al país com una persona de diàleg, malgrat que defensés posicions que podien generar radicalització o alimentar odi social. El cop anímic ha estat tan profund en el moviment MAGA i en l’entorn del president Trump que el mateix mandatari i, de retruc, l’ecosistema conservador que el defensa han començat una mana de cacera de bruixes en contra del que descriuen como moviments “d’esquerra radical”, als que fan responsables de l’assassinat i la violència política del país. El que no diuen ni Trump ni l’entorn MAGA és que la principal causa d’atacs terroristes amb motivació política no ve precisament d’ideologies radicals d’esquerres sinó de dretes.
Un treball publicat recentment per l’Institut CATO, un centre de pensament amb seu a Washington que es defineix com a llibertari, ha analitzat les dades d’assassinats en atacs terroristes amb motivació política des de 1975 (fins al 10 de setembre passat), i revela que en tots aquests anys al país han mort 3.597 persones. La xifra és alta perquè compten els morts als atemptats de l’11 de setembre de 2001 a Nova York, Washington i Pensilvània, on van perdre la vida gairebé 3.000 persones. Si excloem, però, aquesta xifra, el nombre d’assassinats amb aquesta motivació queda en 618 persones assassinades en actes terroristes motivats políticament. L’anàlisi exclou els delictes d’odi individual “que sovint són difícils de distingir del terrorisme, i que són més personals i espontanis”.
D’aquetes 618 persones, 391 (el 63 %) van perdre la vida en accions violentes perpetrades per individus motivats per ideologia radical de dreta que inclou crims de “supremacia blanca, antiavortament, celibat involuntari (incels) i altres ideologies de dretes”. 141 (el 23 %) per ideologia islamista. I en tercera posició, 65 més (un 10 %) per ideologia radical d’esquerres, “incloent els motivats pel nacionalisme negre, el sentiment antipolicial, comunisme, socialisme, drets dels animals, ecologisme, ideologies antiblanques i altres ideologies d’esquerres”. El percentatge que resta és de vora el 3 % que l’estudi atribueix a Desconegut/Altres, Nacionalisme Estranger i Separatisme.
És clar, les dades són des de 1975, però el clima polític actual de retrets i acusacions de responsabilitat per aquesta violència convida a mirar què ha passat en anys recents. Si comptem només els assassinats per terrorisme motivat políticament des del 2020 –quan Donald Trump va començar la seva primera presidència–, els assassinats per aquesta causa sumen 79, dels que –segons l’anàlisi del CATO Institut–, 44 són atribuïbles a ideologia radical de dreta (54 %); 18 a l’esquerra (22 %), i 15 a l’islamisme (21 %).
És evident que als Estats Units hi ha un problema de violència política sostinguda. No és cert que n’hi hagi ara més que abans, ni que l’esquerra radical –com diu Trump i el seu entorn– sigui només el problema. La violència alimenta violència. La d’un sector esperona l’altre, genera odi i contribueix a la radicalització. Trump utilitza el darrer assassinat polític al país per accelerar la persecució als qui el critiquen o critiquen les seves idees, i promou el que els experts anomenen una cultura de cancel·lació de l’altre, i ho fa des d’una posició institucional, convertint-la en una política d’estat, erosionant una mica més les llibertats fonamentals d’un país que veu amb preocupació la deriva autoritària de la presidència.

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