Estados Unidos: el coste de la elección de Kevin McCarthy

Washington, DC — Ha sido un inicio de año político de alta tensión en Estados Unidos. Algo que no se veía en décadas. El partido con mayoría en la Cámara de Representantes, el Partido Republicano, ha mostrado la profunda división que enfrenta en sus filas. Hasta quince votaciones fueron necesarias para que Kevin McCarthy, un diputado por el estado de California, se fuera elegido presidente de la Cámara. Días de bloqueo, de pugnas internas, de discusiones públicas en la misma Cámara entre McCarthy y republicanos ultras que preferían el bloqueo y la división. Ese grupo de radicales son pocos; unos veinte en un partido que en las últimas elecciones consiguió 222 escaños de los 435, una mayoría exigua pero mayoría al fin y al cabo.

Tras la votación definitiva el jueves de madrugada, los medios estadounidenses analizan lo sucedido y, en general, hay una preocupación por el coste que pueden tener las concesiones del nuevo presidente de la Cámara de Representantes a sus propios radicales. Un coste que va más allá del potencial daño autoinfligido al Partido Republicano porque pone en riesgo el ya de por si difícil funcionamiento de la dinámica parlamentaria, hoy afectada por la polarización política.

La mayoría de legisladores republicanos le quitan hierro estos días al asunto para logran la difícil tarea de recuperar una imagen de unidad (dime de qué hablas y te diré de qué careces), pero es evidente que McCarthy –quien lleva años buscando ser Presidente de la Cámara– ha logrado su sueño.

De las muchas concesiones hechas por McCarthy, hay una que es seguramente la más potencialmente disruptiva: la que faculta a un solo legislador a iniciar el proceso de destitución del presidente de la Cámara y que llevaría de nuevo a una votación en la que las divisiones podrían volver a generar el caos visto esta semana (además de paralizar el necesario funcionamiento de la Cámara). La norma puede que no se aplique nunca en los próximos dos años pero su mesa existencia permite a cualquiera de los conservadores radicales a amenazar con su uso si no se aceptan sus demandas.

El líder de la Cámara de Representantes es una de las figuras políticas más poderosas y relevantes de Estados Unidos. Ocupa la segunda posición en la línea de sucesión del presidente, después de la vicepresidenta, y está a cargo de aprobar leyes y ­­–más importante aún– aprobar el presupuesto, el gasto, el límite de la deuda, etc. Un presidente de la Cámara de Representantes con voluntad disruptiva puede llevar al país a la bancarrota o a hacer casi imposible que el inquilino de la Casa Blanca pueda gobernar.

McCarthy es un político que se forjó en su natal California –un estado demócrata– en el que siempre estuvo en la minoría. Allí se forjó una fama de moderado y habilidoso negociador para lograr acuerdos. En los últimos años, con la irrupción de Donald Trump en la política nacional, McCarthy se radicalizó –no se sabe si por conveniencia, por convicción o por ambas– pero su ascenso a la posición lograda el jueves por la noche la ha logrado con un alto coste personal –por la humillación que supuso días de drama y concesiones– y con su propia autoridad de liderazgo debilitada.

McCarthy podría haber conseguido la media docena de votos que necesitaba negociado con los demócratas, poniendo por delante la institución y sus funciones (no sabemos si los demócratas hubieran querido darle esos votos), pero prefirió el escarnio a arrinconar a un grupo de ultras que proceden del trumpismo, el cáncer que está destrozando el Great Old Party, o GOP como se le conoce también al partido conservador. De nada parece haber servido que su partido haya cosechado tan malos resultados desde la primera victoria de Trump en 2016 (perdió en las elecciones de medio periodo de 2018, en las presidenciales de 2020 y en las del pasado noviembre obtuvo unos muy modestos resultados. El mismo McCarthy esperaba una "gran ola roja" que no fue).

Comienzan dos años de legislatura que serán difíciles. No hay indicios de que los dos partidos quieran alejarse de los extremos y buscar grandes acuerdos nacionales, y lo visto estos primeros días de enero augura un final de esta presidencia de Joe Biden complicado y un transitar de McCarthy aún más penoso… si logra sobrevivir políticamente.

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