Trump no es el candidato que ganó en 2016

Washington, DC — Donald Trump busca de nuevo ser presidente de Estados Unidos. Está en campaña desde hace meses (¿dejó alguna vez de estarlo?); y, formalmente, desde hace unas semanas cuando confirmó lo esperable: «para hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande y glorioso, esta noche anuncio mi candidatura a la presidencia », dijo el 15 de noviembre a una multitud reunida en Mar-a-Lago, su propiedad frente al mar en Florida, donde tendrá su sede la campaña. Si lo logra, se convertiría en el segundo comandante en jefe elegido para dos mandatos no consecutivos. Trump, primero, deberá ganar la nominación presidencial republicana y luego las elecciones en 2024 — un camino que no será fácil.

Trump hoy no es el candidato de 2016. Hoy conocemos mejor a Trump, y hoy Trump no cuenta con los apoyos que pudo contar en 2016, ni entre los votantes, ni dentro del liderazgo del Partido Republicano.

Trump ya no es la novedad de aquella campaña. Tampoco es el candidato outsider, que se presentó frente a los electores como alguien de fuera de la política, de la «ciénaga de Washington» –decía–, y quien se presentaba como un exitoso empresario que llevaría el arte de la negociación y sus dotes empresariales a la Casa Blanca para «hacer Estados Unidos grande otra vez». Hoy Trump es parte del sistema político estadounidense. Sus éxitos como presidente (los tiene, particularmente para su base: tres nominados a la Corte Suprema, una gran rebaja de impuestos…), no tapan su caótica gestión y la evidencia de que muchas de sus propuestas las defendió de palabra pero no de obra (el muro, la intervención militar en Venezuela…).

Muchos votantes de Trump en 2016 ya no le apoyaron en 2020, y a esa lista se han sumado otros que son clave en el espectro conservador del país. Días después del anuncio, relevantes líderes evangélicos que le defendieron en 2015 se retractaron de su apoyo y dijeron que no lo acompañarían para una tercera candidatura. «Nos usó para ganar la Casa Blanca. Tuvimos que cerrar la boca y los ojos cuando dijo cosas que nos horrorizaron», dijo Mike Evans a The Washington Post (Evans fue parte de un grupo de evangélicos que se reunió con Trump en la Casa Blanca). Con sus palabras, este líder religioso resume lo que también han dicho otros de esta comunidad.

Además de no ser ya una sorpresa ni contar con esos apoyos, Trump tampoco está teniendo éxito con su estrategia mediática. En el pasado, para lograr la atención de los medios, el mandatario recurría a la afirmación más escandalosa, extemporánea o extravagante que uno pueda imaginar, creaba polémica y conseguía que se hablara de él, aunque fuera mal. Hoy los medios ya no le dan ni el espacio ni la atención de antes.

En los últimos días, lo intentó de nuevo cuando publicó en su red Truth Social la idea de que hay que dejar «sin efecto todas las normas, reglamentos y artículos, incluso los que se encuentran en la Constitución», escribió.

Que alguien diga que hay que abolir la Constitución es legítimo —entra dentro de lo que la misma constitución defiende en su Primera Enmienda, la de la libertad de expresión–, pero que lo haga Trump, un expresidente que llegó a la Casa Blanca precisamente porque ganó en 2016 cumpliendo las normas, reglamentos y artículos del sistema institucional del país, que juró su cargo sobre ¡la Constitución!, y que ahora aspira a volver a hacerlo, pero que para lograrlo defienda precisamente su abolición es incoherente, ridículo y peligroso.

Trump sabe que no se puede abolir la Constitución, pero lo dice para lograr espacio mediático, y los medios ya no lo secundan. ¿Le censuran? No lo creo. La mayoría de medios sí dieron la noticia, pero no fue portada, no ocupó horas de televisión y la reseña obtuvo un espacio modesto, incluso en los medios conservadores tradicionales como Fox News.

Trump quiere ser presidente, sí, pero dudo mucho que la mayoría de estadounidenses lo quiera. Su figura todavía es influyente en el país y él hará todo lo posible para alimentar y, si puede, ampliar esa base incondicional de votantes que tiene. Pero eso no parece que en 2024 vaya a ser suficiente para que logre volver a la Casa Blanca.

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