6 de enero, un síntoma más de la crisis de EE UU

Washington, DC. — Se acaba de cumplir un año del asalto al Capitolio en Washington. El 6 de enero de 2021 pasará a la historia como uno de los capítulos más oscuros, preocupantes, tristes y vergonzosos de este país. Estados Unidos pudo ser un ejemplo de democracia para muchos en el mundo pero lo es cada vez menos. Lo ocurrido aquel 6 de enero fue un síntoma más de la preocupante enfermedad que la debilita.

A una democracia, grosso modo, la define un sistema que garantiza la elección de sus representantes, sus libertades civiles, un poder judicial independiente, un sistema de partidos, el imperio de la ley y una organización social que, con el esfuerzo individual, abra la puerta al progreso y desarrollo individual. Seguramente un politólogo o un académico podría añadir alguna otra, pero creo que estaríamos de acuerdo en estas que son esenciales.

El sistema electoral estadounidense está demasiado politizado por múltiples injerencias o normas partidistas. Desde la definición de los distritos electorales a conveniencia, hasta las leyes que –con la excusa de hacer más seguro el sistema (sin evidencia de que haya fraude)– introducen normas que acaban restringiendo el voto de minorías o grupos poblacionales más proclives a votar al partido contrario.

Las libertades civiles en este país han avanzado de manera sustancial en las últimas décadas, pero no hay que olvidar que el punto de partida estaba muy atrás, y hoy todavía afroamericanos o latinos sufren discriminación o trato injusto –cuando no inhumano– por la autoridad (léase policía, legisladores o jueces) quienes, en general, hacen poco o nada para garantizarles un trato justo e igual al de sus pares blancos. Esto, en el caso de la justicia, es especialmente clamoroso. Sentencias desproporcionadas para ellos cuando crímenes similares cometidos por blancos reciben penas más suaves que no ponen en peligro su reinserción.

A esto se suma la percepción de que el sistema de justicia está politizado. Demócratas y republicanos han contribuido a sea percepción en una carrera desaforada para nombrar a los suyos cuando ocupaban la presidencia y tenían el control del Senado (órgano para confirmar jueces). Los republicanos han sido especialmente agresivos en los últimos años con las nominaciones de jueces para la Corte Suprema, bloqueando la nominación de un juez liberal durante meses en el último año de la presidencia de Obama o consiguiendo avanzar tres conservadores en los cuatro años de Trump en controvertidos y polarizantes procesos que en nada ayudaron a reducir la percepción de politización de la justicia. Tanto es así que muchos creen que hoy esa percepción de imparcialidad de la Corte Suprema se ha desvanecido hasta el punto que estaría en riesgo la elemental tradición democrática de respetar y aceptar las decisiones de ese máximo tribunal (por ejemplo, ¿se aceptaría hoy la decisión del 2000 de conceder por la vía judicial la victoria de las caóticas elecciones de Florida, y con ello la presidencia, a George W. Bush? Me temo que llegaría, como mínimo, acompañada de grandes protestas y disturbios).

A esta evidente erosión y desconfianza que muchos sienten de su sistema político, de su sistema judicial, de sus leyes, del cada vez más difícil avance en la escalera social… se suma la confusión derivada del fenómeno de las noticias falsas que ahonda en la desafección del sistema (cuando no rechazo directamente) y le quita a la prensa su credibilidad para ejercer el necesario papel de control al poder. La denuncia periodística desde la independencia —real y percibida— es esencial en una democracia, y lo es aún más cuando hablamos de una democracia que flaquea como la estadounidense hoy.

Según un estudio del Pew, alrededor de una cuarta parte de los estadounidenses dicen hoy que pueden confiar en que el gobierno de Washington hará lo correcto “casi siempre” (2%) o “la mayor parte del tiempo” (22%). Este porcentaje que confiaba en el gobierno en 1958 era de alrededor de las tres cuartas partes de los estadounidenses. La erosión comenzó en la década de los 60 y 70 (guerra de Vietnam, escándalo del Watergate, empeoramiento de las diferencias económicas…), se recuperó levemente en los 80 y 90 hasta que, tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, se deterioró y no ha vuelto a levantar el vuelo. En los últimos 15 años, nunca ha subido del 30 por ciento.

El asalto al Capitolio del 6 de enero no fue una anécdota; no fue un episodio aislado. Analizar esos hechos en clave pro-Trump o anti-Trump, o como una respuesta al comportamiento irresponsable del entonces presidente es superficial. Trump fue sin duda un acelerador de esos hechos, pero el asalto o el hecho de que Trump fuera presidente son síntomas de la crisis democrática más profunda que vive Estados Unidos, de su división, de la polarización y de la desconfianza en el sistema.

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