Noticias falsas, populismo y responsabilidad

Washington, DC. — En el verano de 2016, meses antes de las elecciones en Estados Unidos y cuando Donald Trump acababa de ganar la nominación del partido republicano, la periodista del programa 60 Minutes, Lesley Stahl, se alistaba para su entrevista. Trump, un empresario recién llegado a la política, hablaba por primera vez tras superar los votos necesarios para ser el candidato republicano. Venía del mundo de los negocios y la televisión, pero había conseguido hacerse un hueco en la política con un irreverente mensaje populista que tan buenos réditos le estaba dando y al que tan poco acostumbrados estaban los medios y la clase política del país. Entre los mensajes que destilaba el entonces candidato estaba ya el de atacar a la prensa para desacreditarla.

Antes de comenzar, Stahl saludó a Trump y le preguntó sobre el porqué de esa insistencia en contra de los medios. «Es aburrido –le dijo–, y sería hora de que dejaras de hacerlo ahora que ya has ganado la nominación. ¿Por qué insistir?», concluyó. Tras un silencio, Trump le respondió con una inquietante sinceridad: «lo hago para desacreditaros a todos y degradaros a todos para que cuando escribáis historias negativas sobre mí nadie os crea».

La anécdota la contó la misma Stahl meses después y resume, en mi opinión, la esencia de quien encarna perfectamente el peligro populista y a quien no le interesa la verdad sino el espectáculo; que ve la política no como un espacio para servir sino para servirse; y si en ese objetivo, la verdad molesta, pues se aparta, se desacredita o se construye una realidad paralela que sea más conveniente para extender la duda.

Meses más tarde Trump ganó las elecciones y su victoria no fue más que el síntoma evidente de ese proceso de decadencia moral que afecta a la política y erosiona la democracia. Trump no fue, como creen mucho, la causa. Trump aceleró un proceso que venía gestándose, y lo internacionalizó. Pero no lo hizo solo.

Plataformas digitales

Así como los políticos y los medios de comunicación se necesitan y tienen una dependencia los unos de los otros, así también el populismo y sus noticias falsas tienen una relación de dependencia con las redes sociales y las plataformas digitales.

La campaña electoral estadounidenses del 2016 que llevó a Trump a la Casa Blanca consolidó un modelo para otros populismos que tomaron el ejemplo de esa victoria de Trump para avanzar en sus causas y ganar espacios de poder. Son movimientos que juegan dentro de las democracias, que se aprovechan de ellas para socavarlas desde dentro, y lo hacen frente a nosotros y contra nosotros.

Trump perdió el año pasado, y su presidencia puede acabar siendo una anomalía. Y la victoria de Joe Biden puede ser también una evidencia de que, frente a la enfermedad, el sistema supo defenderse; solo el tiempo lo dirá, pero me temo que no será tan fácil pasar página. Los medios que usaron –las plataformas digitales–, y los nuevos hábitos en el consumo de información de nuestro tiempo hacen que sea necesario una reflexión más profunda que un suspiro de alivio frente a la derrota electoral de Trump.

Facebook, Twitter, Whatsapp y otras plataformas llegaron para quedarse (al menos unos años más), y lo que circuló entonces por ellas puede volver a circular para nuestro consumo. Evitar que tenga el efecto que vimos en Estados Unidos en 2016 no es fácil e implica a múltiples actores.

Gobiernos y legisladores deben entender lo que sucedió y regular sin censurar.

Las plataformas deben formar parte de esa conversación, implicarse y curar los contenidos que sus redes difunden para no permitir que mentiras o desinformación circule estratégica y libremente pensando que no va con ellos el contenido que otros suben.

Y nosotros, los ciudadanos debemos consumir noticias con responsabilidad. Esforzarnos y educarnos para ser más exigentes y no creer o contribuir a difundir todo lo que nos llega.

El sistema debe ser revisado, con filtros legales que garanticen el acceso a información libre pero al mismo tiempo veraz; con el compromiso y la implicación de las plataformas digitales, para que eleven sus estándares de calidad; y con educación, para que sepamos consumir y difundir información responsablemente.

En 2016 fue una elección presidencial. Hoy es cualquier otro tema: desde el aborto, a la inmigración o las vacunas y su efectividad. A las noticias falsas se las enfrenta con la responsabilidad de cada actor y cada uno de nosotros. Esa suma hace mejores nuestras democracias, el periodismo que queremos y necesitamos y es un buen antídoto para prevenir nuevos populistas iluminados que no buscan más que su beneficio.