Ruth Bader Ginsburg, icónica jueza que perdió su última batalla

Washington, DC. — Este viernes murió a los 87 años Ruth Bader Ginsburg, una icónica jueza liberal cuya trayectoria –marcada por una mente brillante a favor de los derechos de las mujeres y las minorías– la convirtió en una abanderada de la causa feminista y los derechos civiles en Estados Unidos. Nombrada por Bill Clinton, accedió a la Corte Suprema del país en 1993. Tenía 87 años y sufría un cáncer pancreático que finalmente no pudo superar.

Más allá de su impresionante legado que hoy garantiza derechos, oportunidades y más igualdad a los estadounidenses, su muerte deja una vacante en una dividida Corte Suprema con una mayoría conservadora de 5-4 que le permite al presidente Donald Trump expandir esa mayoría conservadora en año electoral (quedan 44 días para las elecciones) y en un momento de profunda división en Estados Unidos.

Legado presidencial

Nominar jueces para la Corte Suprema es una de las decisiones más trascendentales que tienen los presidentes estadounidenses. Por el sistema político del país, muchas de las diferencias políticas o de las decisiones controvertidas que adopta el inquilino de la Casa Blanca son recurridas por la oposición o por organizaciones sociales en los tribunales, y los casos pueden llegar a la Corte Suprema que acaba decidiendo y sentando jurisprudencia y doctrina legal.

Así pasó, por ejemplo, con el matrimonio homosexual, con el alcance de decisiones sobre inmigración o –tal vez el más emblemático de nuestra era–, el aborto. Escoger jueces liberales o conservadores permite asegurar una lectura progresista o tradicional de la Constitución.

En la historia reciente de Estados Unidos, Ronald Reagan (1981-1988) fue el presidente que más influyó en la composición de Corte Suprema. Durante sus ocho años en el cargo consiguió que el Senado confirmara cuatro nominaciones conservadoras. Desde entonces, en todas las presidencias que siguieron, el Senado confirmó dos jueces propuestos por los presidente de turno que escogieron juristas con trayectorias legales alineada con sus ideas.

Donald Trump lleva menos de cuatro años en la Casa Blanca y ahora, con la posibilidad de proponer al sustituto de Ginsburg, se le abre la opción de nominar su tercer magistrado a una posición de por vida que tendrá influencia con sus decisiones a varias generaciones venideras.

Batalla política

La trascendencia de esta elección en plena campaña electoral, y cuando las encuestas dicen que los republicanos pueden perder la Casa Blanca y el control del Senado, convierte el proceso de remplazo de Ginsburg en una dramática batalla política.

Asegurar el control de la Corte Suprema es una aspiración de los dos partidos. En el año 2016, cuando faltaban nueve meses para las elecciones, murió un juez conservador, Antonin Scalia, y los republicanos, que controlaban el Senado, no aceptaron ni siquiera comenzar el proceso de confirmación del juez que propuso Barack Obama por temor a permitir una mayoría liberal en la Corte. El argumento, entonces, fue que debía ser el próximo presidente quien lo hiciera y que no se debía confirmar a un juez en año electoral. Al frente del Senado estaba Mitch McConnell, quien hoy continúa al frente de la Cámara Alta. En las última horas, McConnell ya ha dicho que va a hacer lo posible para que ese año sí se vote la propuesta que haga Trump, un cambio dramático de la posición que tomó hace cuatro años.

Los demócratas ya han pedido coherencia, y esperar al próximo año. Hasta la misma jueza, antes de morir, le dijo a su nieta Clara Spera que su «deseo más ferviente» era «no sea reemplazada hasta que se instale un nuevo presidente». Pero son deseos, porque ni la petición de Ginsburg ni la oposición de los demócratas pueden evitar que la Casa Blanca y los republicanos avancen en el proceso de sustitución si así lo deciden.

Es irónico que la jueza Ginsburg, con una trayectoria a favor de la diversidad y los derechos civiles de las minorías, con su muerte abra la puerta a que la Corte Suprema de Estados Unidos se escore más a la derecha y que sus magistrados en el futuro puedan revisar y potencialemente revertir algunos de los derechos por los que ella luchó toda su vida.

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