La pandemia y la importancia de la sanidad pública

Wahington, DC.— La pandemia de la COVID-19 ha puesto en evidencia los retos que enfrentan los sistemas de salud de la mayoría de países del mundo, desarrollados y también los de los países en vías de desarrollo. Esta red esencial de nuestros sistemas de bienestar —que ha contribuido de manera decisiva a reducir las históricas desigualdades sociales y a garantizar el derecho a la salud— enfrentaba, antes del coronavirus, retos que ponían ya en riesgo su sostenibilidad futura, y que con el coronavirus se han evidenciado de manera notable.

Los recortes forzados por unas frágiles finanzas públicas han sido como lluvia sobre mojado de una cada vez más baja financiación que se puede objetivizar —en cada país— en el cierre del número de camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes de los últimos años; en la disminución del número de doctores y personal sanitario que trabajan en los centros de atención primaria —donde se implementan las políticas de prevención de enfermedades—; o en las decenas de procesos de privatización de centros que se han producido en la última década y que han buscado a toda costa el retorno económico, tratando la salud como un negocio.

La pandemia ha demostrado la importancia de tener sistemas sanitarios públicos de calidad, con acceso universal, que puedan convivir con los privados pero que no les entreguen nuestra salud para gestionarla solamente como un negocio.

Aplaudir a los médicos y personal sanitario estos días es un gesto de justicia con ellos; pero el mejor gesto que podemos tener es el de exigir a nuestros gobiernos que tras esta pandemia vuelvan a priorizar los sistemas públicos de salud.

Vendrán más crisis, pero antes de que estas lleguen, podemos prepararnos mejor, ser más responsables y valorar esos sistemas que hoy tenemos como nunca antes en ningún momento de la historia de la humanidad habíamos visto.