Guerra de narrativas en plena pandemia

Washington, DC. — La lucha contra la pandemia del nuevo coronavirus, llamado SARS-CoV-2, que provoca la enfermedad COVID-19, viene acompañada de una guerra de narrativas de los gobiernos del mundo. Estados Unidos y China son los principales enemigos en esta batalla, y cada uno busca que sus mensajes calen en sus sociedades pero, sobre todo, en el resto del planeta.
Estados Unidos ve a China como un rival que «ha tomado ventaja de nuestro país como ningún otro país lo ha hecho en la historia. Nosotros hemos construido China», dijo Trump durante una conferencia de prensa hace unos días. Un mensaje que no es la primera vez que le oímos.

China, sin tantas palabras, actúa en silencio ganando espacios económicos y geopolíticos a la superpotencia estadounidense a la que quiere superar. El pulso se ha instalado ahora en la lucha global para frenar la pandemia.

La semana pasada, el gobierno de Estados Unidos no desmintió estar considerando la hipótesis de que el coronavirus que ha originado la crisis global de salud pudiera haber salido de un laboratorio en la ciudad china de Wuhan, donde comenzó el brote. Hasta ahora, expertos y gobiernos coincidían en que el nuevo coronavirus apareció a finales del año pasado en un mercado de esa ciudad china donde se venden vivos animales exóticos, como los murciélagos. La versión a la que la ciencia se ha referido hasta ahora es que el virus de origen animal pudo haber mutado y haberse transmitido al hombre en ese mercado.

Un articulo de opinión publicado el pasado jueves en el Washington Post aseguraba que la embajada de Estados Unidos en Beijing habría alertado al Departamento de Estado hace dos años sobre la amenaza que suponía un laboratorio en Wuhan donde se estudiaba el coronavirus en los murciélagos y que esa instalación no tenía las medidas de seguridad adecuadas.

El artículo –firmado por Josh Rogin, un reconocido periodista y analista político estadounidense– terminaba reconociendo que, a pesar de esas advertencias, hoy “no hay pruebas concluyentes” que confirmen que el virus salió del laboratorio. Pero, a pesar de esta advertencia final, su publicación –no como noticia, sino como artículo de opinión… (y yo diría, especulación)– ha contribuido a alimentar la teoría conspirativa que fue amplificada estratégicamente por funcionarios estadounidenses, comentaristas conservadores y el propio presidente Trump.

Culpar a China por su negligencia, aunque no haya pruebas concluyentes, suma en la narrativa de la Administración Trump para desprestigiar globalmente al enemigo, y con la que, además, consigue tener un chivo expiatorio para correr una cortina de humo que tapen las acusaciones que persiguen a Trump de no haber tomado con antelación las medidas oportunas de confinamiento y distancia social en el país, hoy el primero en contagios y muertes.

Mientras, China, en medio de la pandemia que afecta al mundo, está impulsando donaciones de equipos médicos y expertos para combatir la COVID-19. En pocos meses, el país ha pasado de ser el origen de la nueva enfermedad a intentar mostrar sus éxitos y la ayuda que presta a otros países. Con esta estrategia, que algunos analistas han bautizado como la nueva "diplomacia de las mascarillas" de China, el gigante asiático busca cambiar la narrativa global para mejorar su posicionamiento geopolítico en un momento en que Estados Unidos prioriza el “América Primero”.

El origen del virus debe investigarse, y China debe colaborar en esa investigación para entender bien el SARS-CoV-2, cuál fue su origen y evitar que una pandemia vuelva a suceder. Pero Estados Unidos y China se equivocan en el momento de esta guerra narrativa. El mundo tiene que volcarse hoy en la lucha para derrotar al coronavirus, atender a los enfermos y ayudar a los sanitarios, y en esa lucha es necesario que estén Estados Unidos y China. Esas otras guerras narrativas, algunas difundidas sin pruebas concluyentes, solo sirven para distraer la atención de lo verdaderamente urgente.