Washington, DC. – El partido de vuelta de la final de la Copa Libertadores entre River Plate y Boca Juniors se jugará el 9 de diciembre en Madrid, en el estadio del Santiago Bernabeu. Así lo propuso la Confederación Sudamericana de Fútbol, la Conmebol, tras los graves incidentes que llevaron a la suspensión del partido que se tenía que celebrar en Buenos Aires a finales de noviembre.

La propuesta se formalizó durante una reunión celebrada en la sede de la delegación del Gobierno en Madrid con responsables de la Conmebol, las fuerzas de seguridad españolas, representantes del Real Madrid –propietario del estadio–, y miembros de la FIFA. La decisión de sacar el partido del Continente Americano es una suerte de castigo para los fanáticos violentos y, en general, para aquella parte importante de las sociedades latinoamericanas que todavía ven determinados comportamientos como algo que forma parte del futbol.

Llevar a Europa una final latinoamericana suspendida por la violencia de sus seguidores es una buena decisión. No hace tantos años en España, como en Italia, Alemania o Reino Unido se vivía la violencia del futbol como algo intrínseco al deporte rey, aunque fuera de una minoría. Los boixos nois, en Bacelona; los ultrasur, en Madrid; los tifosi, en Italia; o los hooligans en Inglaterra, eran parte de la actualidad a fines de los 80 y principios de los 90. Pero fue necesaria una tragedia —la de la semifinal de la Copa F.A. que enfrentó al Liverpool y el Nottingham Forestla en el estadio Hillsborough de Sheffield— para que las cosas cambiaran. Aquel 15 abril de 1989 murieron 96 personas y hubo más de 700 heridos.

Entonces, gobiernos europeos como el del Reino Unido adoptaron medidas para alejar la violencia del deporte. Las sanciones se hicieron más duras, y no solo para los violentos. A éstos, se les prohibió el acceso de por vida a los estadios, y a aquellos que los albergaban, transportaban o acompañaban se les multaba. La policía creó grupos especializados para hacer un seguimiento más cercano —e infiltrarse, si era necesario— entre los violentos. Y los clubs mejoraron las medidas de acceso, seguridad y consumo de alcohol en los estadios. Y de todas las medidas, seguramente hubo dos que fueron las que tuvieron mayor impacto. Las autoridades se dieron cuenta de que la violencia no se podía acabar solo con medidas de contención o con sanciones. Por eso se trabajó en las escuelas para que los niños y niñas amantes del deporte comprendiera y rechazaran desde pequeños que esos comportamientos violentos no eran tolerables. Y también los clubes —y particularmente sus presidentes— entendieron que las prebendas y la tolerancia que tenían con los hinchas violentos (y que les daban votos en sus elecciones) acababan perjudicando a sus instituciones y al deporte en general. Comenzaron entonces un trabajo con las peñas para cambiar las cosas, e introdujeron en los estadios nuevas normas que acabaron limitando los comportamientos violentos.

El trabajo fue exitoso, y hoy el futbol en Europa es —con pocas excepciones— un buen ejemplo para muchos estadios latinoamericanos. Sí, fue necesaria una tragedia para conseguir el compromiso de todos los actores y cambiar la tolerancia social, pero se acabó cambiando, algo que en América Latina, en general, y en Argentina en particular, todavía no ha sido del todo posible. El partido de la Copa Libertadores que se jugará en Madrid será una oportunidad para que los argentinos y todos los latinoamericanos tolerantes con determinados comportamientos de algunas aficiones puedan ver la diferencia.

Que los recientes incidentes de Buenos Aires de hace unos días sean ese punto de inflexión para Argentina como lo fueron los sucesos de Hillsborough para Europa. Por el bien del deporte y de los amantes del buen futbol. Una tragedia como la de 1989 siempre ocurre cuando nadie la espera.

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