Washington DC. – Pablo Casado, el presidente del PP, reivindicó hace unos días la Hispanidad como «el hito más importante de la humanidad, solo comparable con la romanización». Y añadió: «es probablemente la etapa más brillante, no de España, sino del hombre, junto con el Imperio romano». Con esta afirmación, Casado muestra no solo su ignorancia sino su desprecio por la historia.

La Hispanidad no es la época más brillante de la humanidad. Probablemente es una de las más controvertidas de la historia de lo que entonces era el reino de Castilla y que hoy, algunos, califican como España.

A finales del siglo XV y comienzos del XVI, cuando Fernando e Isabel contraen matrimonio y unen Castilla y Aragón, el concepto de nación, de estado, no existía. Como recuerda el historiador José Álvarez Junco, «era una monarquía resultante de la aglomeración de reinos y de señoríos que, gracias a una confluencia de circunstancias, llega a convertirse en hegemónica en Europa», pero no en una nación y mucho menos en España. Pero el líder del PP debe pensar lo contrario, y cuando dice Hispanidad y España piensa en ese imperio que cruzaba océanos y continentes, generando inmensas prebendas para los reinos de la época.

Ese periodo fue importante, sin duda. Como lo fueron el imperio británico —que llegó a ser más grande—, o las civilizaciones egipcia, india, china, persa, babilona… ninguna de las cuales hay que desconsiderar (otra cosa es que Casado las desconozcan).

La otra afirmación sorprendente de Casado es la calificación de «brillante».

Soy de los que piensa que no se puede juzgar la historia con criterios de hoy. Pero la voluntad de aniquilar, saquear y someter es algo reprobable hoy, entonces y en cualquier otra época de la historia de la humanidad. Está inscrito en la condición humana, en nuestro ADN moral… igual que el instinto materno o la búsqueda de la espiritualidad.

La conquista de América fue un proceso de sometimiento, asentamiento y explotación del Nuevo Mundo. Significó la desaparición de los imperios precolombinos, como el Azteca o el Inca, y el desmoronamiento cultural de los pueblos indígenas, a quienes se les impuso la cultura europea. El lenguaje español pasó a ser oficial y dominante, y el cristianismo convirtió en la religión única.

El principal objetivo de los reinos europeos no era culturizar ni ofrecer nuevos derechos o libertades a los pueblos del Nuevo Mundo, sino obtener su oro y materiales preciosos que necesitaban para sus costosas campañas europeas.

Casado desconoce la historia y da por hecho que muchos también (debe pensar que su estilo de cursar un máster es una práctica habitual entre la mayoría de españoles); por eso, como muchos populismos, repite lo que le parece que suena bien para defender su nacionalismo español y que éste sea más grande que el del vecino.

Álvarez Junco explica que hasta el siglo XIX, la «identidad española» era un concepto «muy débil y difuso». Y que es a partir del fortalecimiento de los llamados nacionalismos periféricos, que el nacionalismo español encuentra «un nuevo motivo para su existencia: la defensa del Estado contra los separatismos disgregadores». Un nacionalismo que encontró en la iglesia más conservadora y los militares dos aliados para su causa durante todo el sigo XX.

Casado se casa con el “patriotismo constitucional” que revisa la historia a su conveniencia abrazando esa versión de la Hispanidad que a él le interesa pero que hoy está cada vez más cuestionada.

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