Washington, DC. – Estados Unidos es un país de inmigrantes. A excepción de los indios americanos, todos los demás venimos de alguna parte que no es el territorio estadounidense. Desde su fundación como república, el país ha recibido diversas olas de migrantes, y cada una ha forjado de una u otra manera lo que hoy es Estados Unidos. Los primeros colonos fueron mayoritariamente europeos. Desde entonces, Estados Unidos se ha ido enriqueciendo de sucesivas oleadas de migrantes que llegaban buscando un futuro mejor (algunos no, pues llegaron esclavizados de África, pero sus descendientes hoy gozan de la libertad indiscutible que garantiza este país).

La primera generación de migrantes definió lo que para muchos es ser estadounidense. Eran blancos y europeos, y fueron mayoritarios durante décadas ocuparon la mayoría de espacios de poder, desde la presidencia hasta las alcaldías más remotas. Pero el crecimiento de otras identidades ha provocado fricciones y violencia como reacción de una parte de esa mayoría blanca, cristiana y culturalmente anglosajones. La lucha por los derechos civiles de mediados del siglo pasado es el ejemplo más evidente. Hoy, esa fricción surge como reacción a los latinos.

En los últimos 50 años, la población latina en Estados Unidos ha pasado de 9,6 millones de personas a casi 58 millones en 2016 ,y es el principal impulsor del crecimiento demográfico del país. Desde el 2000, los latinos representan la mitad del crecimiento de la población nacional.

La Oficina del Censo de Estados Unidos proyecta que para el 2044 las minorías, especialmente los latinos, superarán el número de blancos estadounidenses. Estoy hoy ya pasa en el estado de California, donde los latinos superan a los blancos. En 2015, 15,2 millones de latinos vivían en ese estado, una cifra impulsada por un 39 por ciento de incremento en solo 5 años. En Texas el crecimiento ha sido aún más rápido. Su población latina aumentó un 60 por ciento durante el mismo período, hasta los casi 11 millones. Y esta tendencia puede verse ya en otros estados como Georgia, Florida, Arizona o Nueva Jersey.

La semana pasada, Trump pronunció su primer discurso sobre el estado de la Unión, un discurso que fue percibido por muchos miembros de minorías como un mensaje de “nosotros contra ellos». El mandatario volvió a defender sus políticas de mano dura contra la inmigración a la que —sin que la evidencia lo acompañe— asoció con crimen e inseguridad (de hecho, las estadísticas demuestran que proporcionalmente los blancos nacidos en Estados Unidos tienen un indice de criminalidad superior al de los inmigrantes).

Pero Trump tiene un plan. El mandatario quiere recortar el número de inmigrantes legales en el país, y según un análisis del Washington Post, su plan retrasaría entre uno y cinco años la fecha en que los estadounidenses blancos pasaría a ser una minoría de la población. Su estrategia quiere reducir el programa que permite que las personas que residen en Estados Unidos puedan presentarse como garantes para que sus familiares que viven en el exterior puedan solicitar un permiso de residencia. Además, le pide al Congreso que elimine el ‘programa de visas de diversidad’ que beneficia a inmigrantes de países con niveles de emigración históricamente bajos. En su conjunto, los cambios afectarían a los inmigrantes de África y América latina.

Son reacciones de resistencia ignorante de un mandatario que, como gran parte de la población que le sigue dando apoyo, creen que con estas decisiones pueden cambiar el curso de la historia y alterar la esencia de ‘país de acogida’ que ha sido y es Estados Unidos. Olvidando, todos ellos, que en algún momento sus antepasados también llegaron buscando un futuro mejor.

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