Washington, DC. – Una de las características que hace más atractiva nuestras sociedades occidentales son las normas de convivencia con que nos hemos dotado. Algunas están reguladas por leyes y otras por el sentido común y de respeto al otro. Y son especialmente importantes las que generan servicios para apoyar e integrar a los más desfavorecidos o vulnerables. Son normas de discriminación positiva que hacen mejor la convivencia. Pero siempre están quienes, sin necesitarlas, se aprovechan de ellas con consecuencias nefastas para todos.

En los últimos años he viajado con frecuencia a países en vías de desarrollo de América Latina, fundamentalmente de Centroamérica. Hay una ruta aérea que une la capital de Estados Unidos con San Salvador, capital de El Salvador, que ejemplifica muy bien a lo que quiero referirme.

El vuelo está operado por la compañía Avianca y es diario. El aeropuerto de San Salvador opera como un centro regional, tras la absorción de la extinta TACA, para los viajeros de esa zona del continente. Prueba de ello es el avión utilizado: un Airbus A320 con capacidad para 150 pasajeros.

No he visto nunca en los cientos de aviones que he tomado en mi vida un vuelo con más solicitudes de asistencia de movilidad reducida para viajeros. Siempre en este vuelo. ¿Es que en El Salvador o en esa zona de Centroamérica hay más personas con problemas motrices que en otros países en desarrollo como los de la región Andina o el Caribe? No. Es que muchos viajeros, sin vergüenza, prefieren pedir esta ayuda aún sin necesitarla, por comodidad.

El viajero que lo solicita recibe el servicio de un asistente del aeropuerto que lo recoge en una silla de ruedas en el mostrador de facturación para llevarlo directamente a la puerta del avión; y al llegar al destino, para acompañarlo desde la silla de la aeronave hasta la puerta de salida del aeropuerto.

El beneficiario de este servicio se salta colas de abordaje o inmigración —que en puertos de entrada de Estados Unidos son especialmente largas y tediosas— con la recogida de equipaje incluida.

Como prueba de lo que digo les cuento que la mayoría de estas personas llegan al mostrador de facturación por su propio pie, cargando por lo general varias maletas (siempre me ha sorprendido la cantidad de bultos que la gente de estos países transporta). Son hombres o mujeres de mediana edad que no viven precisamente en entornos de lujo, sino más bien en barrios humildes donde abundan las barreras físicas para personas con discapacidades motrices (esas barreras en cualquier ciudad de España serían un escándalo). La mayoría de estas personas salen por su propio pie del aeropuerto cargando sus maletas como la mayoría de viajeros. ¿Por qué necesitan entonces solicitar el servicio pensado para quien realmente sí lo necesita? Es un abuso incuestionable.

El último ejemplo de esto que les cuento es el de las madres con bebés. No tengo duda que una madre que viaja con niños pequeños merece ser ayudada. En muchos aeropuertos del mundo hay filas especiales para familias, pero cuando no las hay, esas madres tienen que hacer la fila como todo hijo de vecino. El sábado, al llegar a Washington, escuché el berrinche de un niño mientras esperaba mi turno para pasar inmigración. Cuando ya me tocaba, le sugerí a la funcionaria del aeropuerto que asignaba a los viajeros a las cabinas de los agentes si podía ceder mi turno a la madre y su bebé a pesar de estar varias posiciones más atrás en la fila. La respuesta fue negativa. «Ya no lo hacemos; muchas madres molestan intencionadamente a sus bebés para que lloren y así dar pena y pasar antes», me dijo. Aún no salgo de mi asombro.

Abusar o aprovecharse de las normas sociales de convivencia no solo nos perjudica a todos como sociedad sino que los que más las necesitan se pierden de la posibilidad de ser tratados con la atención que dicta el sentido común y que nos hace mejores. Una pena.

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