Miami (FL). – Abdiel Consuegra es taxista. Se acaba de cambiar el «carro» y luce un Chevrolet deportivo de un rojo chillón que no pasa desapercibido. Me recoge en el aeropuerto de Miami y tras cargar mi maleta en su coche me ofrece discretamente sentarme en el asiento del copiloto. Su mirada constante a la larga fila de taxis amarillos que dejamos atrás me sirve de excusa para arrancar la conversación.

    — «Usted, con Uber, no puede trabajar en el aeropuerto, ¿cierto?», le pregunto casi sin mediar palabra.
    — «Bueno, es que aquí somos ‘alegales’ y muchos de esos taxistas se ponen furiosos con nosotros» — me cuenta mientras nos alejamos de la Terminal.

Su fuerte acento delata su origen. «Fui preso político en Cuba», dice tras interesarme por su llegada a Estados Unidos.

Abdiel tiene hoy 33 años. Hace diez que aterrizó en Florida como refugiado político. En La Habana sirvió en el ejército y una noche, en disconformidad con la situación que vivía el país y su familia, se atrevió a escribir en una puerta del cuartel un ‘Abajo Fidel’. «Al día siguiente alguien lo vio y abrieron una investigación hasta que me descubrieron; me juzgaron y me mandaron preso: de día hacía trabajos forzados y por la noche tenía que ir a dormir a un centro para reclusos», relata.

Tras tres años, salió «pero mi vida se convirtió en un infierno». Su pasado lo marcó socialmente como anticastrista «y nadie me ofrecía trabajo. Lo que más me dolía era ver a mi mamá sufriendo, sin muchos recursos… y comiendo siempre lo mismo: arroz, plátano frito y, alguna vez, huevo… Y siempre poco de todo», recuerda con pesar. La madre de Abdiel aún vive en La Habana. «Esa situación me decidió a irme; estaba dispuesto a todo: en balsa, neumático, a nado… Allí no tenía futuro. Además, en el país todo está organizado para que [si eres crítico con el sistema] te vayas; te señalan con el dedo y nadie te ofrece trabajo para no tener problemas… ellos quieren que te marches». «Un día un amigo y yo nos animamos a pedir asilo a los Estados [Unidos], seguir los pasos de mi papá que, con unos amigos, construyó una barca unos años antes y cruzaron hasta la Florida», me explica.

    — «Presenté los papeles y…»
    — «¿Los papeles? ¿qué papeles?» —le pregunto— «¿y dónde? porque Estados Unidos no tiene embajada en Cuba».
    — «No, no tiene, pero hay un buzón en la embajada Suiza que ellos miran cada día. Allí dejé mi carta explicando mi caso y que pedía asilo».
    — «¿Y cómo te contactaron?»
    — «Por correo. Al cabo de cuatro años me llegó una carta a mi casa en la que me decían que mi caso había sido aceptado. Siempre recordaré el número de mi expediente: U – C – 0 – 3 – 7 – 5» — repite con pausa remarcando cada palabra.
    — «¿Pero el castrismo no controla el correo?», le pregunto.
    — «Sí, pero ellos quieren que te marches. Además, entre la recepción de la carta y la decisión final pueden pasar años. Eso no les preocupa» — explica. «Yo me di prisa para conseguir el certificado médico que sabía que me pedirían y me dediqué días enteros a llamar a esa ofician para concretar la cita. Me levantaba por la mañana y llamaba una y otra vez… hasta que descolgaron, me dieron la cita y allí yo ya les llevaba todos los papeles que sabía que me iban a pedir. Gané meses…» —dice orgulloso—, «por eso cuando salí [de Cuba] y le preguntaban a mi familia dónde yo estaba (sic), hubo muchas sorpresas porque nadie esperaba que entre la carta y mi viaje pasara tan poco tiempo». «Un día me confirmaron el asilo, y me entregaron todo: papeles, permiso de trabajo… y hasta el boleto de avión. Ellos te pagan todo, hasta el pasaje».

A partir de esa confirmación, Abdiel me explica que no le contó a nadie el secreto. «Tenía miedo de que se enteraran y me detuvieran». El día del viaje, tomó sus cosas básicas y se embarcó en un vuelo a México con destino final Miami (en esa época no había vuelos directos Cuba – Estados Unidos). «Son las dos únicas veces que he volado, además de una vez en avioneta chiquita», recuerda.

Hoy, Abdiel se siente orgulloso de lo que ha construido. Su negocio del taxi le va bien, como prueba el cambio de su «nuevo carro». Tiene dos teléfonos y en nuestro trayecto de 20 minutos recibe hasta dos llamadas para nuevos servicios. Aquel ‘Abajo Fidel’ escrito con nocturnidad le abrió un calvario que acabó bien. Cuba queda atrás, aunque no tanto como le gustaría. Siente la lejanía de su familia con quien espera reencontrarse algún día.

«U – C – 0 – 3 – 7 – 5» —repite antes de despedirnos mientras nos estrechamos las manos— «ese número cambió mi vida».

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5 comentarios en “«Abajo Fidel»

  1. Buen articulo Gus, Increíble lo que tienen que pasar algunos para alcanzar el sueño americano.

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