Washington, DC. – Es ya una tradición que el embajador español en Washington reciba en su residencia a los corresponsales que informamos desde Estados Unidos. Son cenas informales en las que nos sentamos a la mesa entre quince y veinte periodistas. A una breve recepción en la sala de tapices le sigue una cena en el comedor entorno a una gran mesa circular en la que cabemos todos y nos vemos todos las caras (es lo que tienen las mesas redondas).

Creo que Carlos Westendorp, embajador cuando yo llegué a Washington en el 2007, ya organizó algunas. Su sucesor Jorge Dezcallar consolidó la tradición. Y el actual representante español, Ramón Gil-Casares, las continúa. Suelen ser cada tres o cuatro meses. El motivo no es otro que el de charlar sobre cómo vemos las cosas y que el embajador explique qué hace.

Doy fe que Dezcallar, dentro de la prudencia que le exigía el cargo, era más generoso en detalles, siempre que guardáramos el off-the-record. Gil-Casares es más parco. La primera vez que nos reunió, sólo preguntó. Fue tal el contraste que al salir –pasada la medianoche– un veterano de estos encuentros comentó de regreso a casa: «para que nosotros vengamos a explicar cómo vemos las cosas, mejor que no nos cite — nosotros ya nos conocemos». Hoy, Gil-Casares está más suelto, es menos prudente aunque muchos aún nos acordamos de Dezcallar.

Los asistentes a estos encuentros cambian con el ir y venir de corresponsales. Cuando asistí a la primera cena, yo estaba recién llegado. La última, hace apenas dos semanas, tuve una extraña sensación de veteranía. Y es que en los últimos meses, son muchas las caras nuevas.

Se va Lorenzo Milà, de TVE. Y Dori Toribio, de RNE. El verano pasado se marchó Antoni Bassas, de TVC (hoy en Diari ARA); y su sustituto, Esteve Soler, estuvo hasta diciembre. Antonio Caño, un veterano de El País en Washington, regresó en febrero a Madrid.

«Voy a extrañar mucho esta ciudad», nos confesó Milà en su despedida. «El ajetreo de Roma nada tiene que ver con la calidad de vida que ofrece Washington y la fantástica naturaleza que la rodea». Un sentir que no es la primera vez que oigo de los que se marchan.

Los que llegan, vienen como debí llegar yo hace más de seis años: preocupados por la logística del aterrizaje. Casa, teléfono, credenciales de prensa, comidas a las 12 p.m. y cenas a las 6:30 p.m., rutinas informativas distorsionadas por la diferencia horaria… Y la escuela para los hijos, sí, uno de los grandes condicionante para los que vienen con familia. Raquel Sans, de TVC, o Carlos Franganillo, de TVE, lo sufren estos días en carne propia.

También Jordi Barbeta, quien está a punto de asumir la corresponsalía de La Vanguardia busca su lugar en esta ciudad. En su primer almuerzo de corresponsales fue exprimido hasta el último minuto que se dejó para que contara cómo estaban las cosas en Catalunya y en España. No protestó hasta que nos sirvieron el postre: «bueno, ya vale; yo he venido aquí para que vosotros me contéis de Estados Unidos, que sois los que lleváis más tiempo». Estoy seguro que Barbeta, con su estilo directo y desenfadado, contribuirá a menguar la prudencia de Gil-Casares (siempre dentro del off-the-record, claro).

Julio y agosto son meses tranquilos en DC. En septiembre arrancará un nuevo curso, con caras nuevas en las cenas de corresponsales. Pensaba estos días que estos últimos cambios son reflejo de lo que es esta ciudad: un lugar interesante al que se llega con ilusión, en donde se vive con intensidad, desde el que se ve el mundo con una perspectiva privilegiada y en el que nunca dejas de tener la sensación de que estamos de paso.

Artículo publicado el 06/07/14 en Diari de Tarragona

Anuncios

11 comentarios en “Cenas de corresponsales

  1. Muy gráfico. Con tantas caras conocidas es fácil imaginarse las cenas.
    Me ha encantado el último párrafo, y no sé porqué he notado cierta sensación de “otoño” en el tono: ¿quizá se esté acabando también tu etapa allí al igual que la de tus colegas y sea momento de ir a otra parte?

  2. Gustau ,
    Gracias por tu columna. Tienes lo que deber tener un periodista: saber cómo contar un cuento.
    En lo único que veo diferencia con tu relato es en la tranquilidad que le atribuyes a DC durante el verano. Eso hace 40 años. Hoy día sigue siendo un circo, aunque la bestia principal (el Congreso) este en el llamado receso, cuya única diferencia con el resto del año es que tiene cuerpo de presencia en la capital.
    Un abrazo

Los comentarios están cerrados.