Washington, DC. – El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha pronunciado esta semana su quinto discurso sobre el Estado de la Unión frente a las dos cámaras del Congreso. Es el ritual que cada año a finales de enero paraliza Washington y congrega –aunque cada vez menos– a los estadounidenses frente a los televisores para escuchar los planes que tiene el inquilino de la Casa Blanca. Este año, el discurso fue una muestra más de los límites del poder del presidente de Estados Unidos.

Obama habló al Congreso con la brillante oratoria a la que nos tiene acostumbrados pero sin anunciar grandes medidas y con un tono conciliador y pedigüeño ante quien le ha bloqueado sistemáticamente sus iniciativas desde que los demócratas perdieron el control de la Cámara de Representantes.

Con la separación de poderes y las prerrogativas constitucionales, el presidente de Estados Unidos no es –como muchos creen– todopoderoso. El Congreso, los tribunales e incluso la burocracia federal limitan mucho su autonomía. Por eso, la amenaza de Obama, este martes, de utilizar su poder para firmar decretos ejecutivos sin legislación –y saltarse así al Congreso– es poco creíble. Legalmente puede acabar en manos del Tribunal Supremo por no cumplir con la Constitución; y políticamente demuestra, además de poca habilidad para solucionar problemas, una gran incoherencia con su promesa electoral de impulsar una nueva era no partidista e inclusiva de los dos grandes partidos.

Obama es prisionero del sistema, y las elecciones de noviembre (para renovar parte del Congreso) le van a poner aún más difícil alcanzar consensos. Lo tiene complicado.

Foto: The New York Times

Artículo publicado el 1/02/14 en Diari de Tarragona

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