propinas2Washington, DC. – Si usted viaja mucho por el mundo, seguro que se ha encontrado con el dilema de «¿cuánta propina debo dejar…?» al mesero de un restaurante al pagar la cuenta, al botones de un hotel por acarrear con su maleta, o al taxista tras llevarle al destino. Y más aún: seguro que ha sentido la presión de tener que dejar propina aunque el servicio recibido haya sido malo o mediocre.

En España, casi no existe cultura de propinas, más allá de unas monedas sueltas que en muchos casos suelen ser las del cambio a un pago en metálico. En el resto de Europa, las cosas no son muy diferentes, aunque sí es algo más común. Por eso, cuando muchos europeos –viajados y no viajados– llegan a Estados Unidos, se sienten incómodos con un sistema que espera generosas propinas por casi todo.

propinaAquí, es una forma de vida para muchos trabajadores que no tienen más sueldo que el de la gratuity que reciben de los clientes a quienes atienden; y la costumbre es dejar entorno al 20 por ciento del servicio, sino más. No aceptarlo puede, cuando menos, provocar situaciones incómodas.

A Maria, por no dejar propina a un taxista, le tocó bajar su equipaje del maletero al llegar a su casa tras un largo viaje. A un grupo de amigos, una mesera les increpó por no aceptar el 21% de propina tras un almuerzo; y otra despotricó en voz alta de otros amigos mientras regresaba a la caja con el cambio y la gratuity recibida porque la consideró insuficiente. Y me cuentan que unos europeos en un restaurante neoyorquino fueron perseguidos por el camarero quien les devolvió en la puerta del local la poca propina dejada.

El sistema de propinas genera un buen incentivo para mejorar el servicio ofrecido y recibido. El problema es que en Estados Unidos se ha pervertido su uso, y hoy el cliente siente la obligación de dejar propina, sea o no sea buena la atención o el producto recibido. Y como en todo, las imposiciones acaban cansando y pueden llegar a ser injustas.

Artículo publicado el 20/07/13 en Diari de Tarragona

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