Washington DC. – Pocos meses después de que en el 2008 estallara la crisis económica, recibí uno de esos correos masivos que circula de ordenador en ordenador llamando a la movilización. A diferencia de muchos otros que recibo, este correo sugería una acción concreta para perjudicar a los bancos en España. La misiva invitaba a una acción individual que, de llevarse a cabo simultáneamente por miles de usuarios, hubiera colapsado el sistema de cajeros automáticos del país durante algunas horas como mínimo. La idea consistía en acudir al cajero más próximo un día y una hora en concreto y sacar el importe máximo permitido por persona y tarjeta. Deduzco que no fue muy secundada porque nunca más volví a saber de ella. En cualquier caso, sí dejaba claro que en el imaginario colectivo, los bancos eran —y son aún hoy, para la mayoría— los responsables de la crisis económica.

En Estados Unidos también se gestó entonces una idea similar pero buscando un impacto mayor (aquí, como siempre, si hacen algo, lo hacen a lo grande). En todo el país, decenas de asociaciones religiosas comenzaron a incitar a los feligreses a acudir a los grandes bancos del país a retirar sus ahorros y depositarlos en bancos más pequeños como acción de protesta en contra de los grandes grupos financieros implicados en la gestación de la crisis hipotecaria y financiera del 2008. Entre esas firmas castigadas por las iglesias estadounidenses estaban Bank of America, Wells Fargo o JPMorgan Chase.

Ahora, coincidiendo con la Cuaresma, esta campaña se ha intensificado. Uno de sus impulsores, el sacerdote Richard Smith, de una iglesia episcopal de San Francisco, explicaba recientemente al New York Times que «los bancos tienen una gran responsabilidad [en la crisis] por lo que es muy apropiado que ahora que estamos en un tiempo de penitencia, se arrepientan».

La preocupación de los reverendos no sólo está motivada por un afán de justicia. La crisis económica les está vaciando las iglesias porque muchas familias tienen que emigrar. La ejecución de las hipotecas se ha multiplicado en los últimos años y la necesidad de buscar trabajo allí donde lo haya ha obligado a muchos a cambiar de estado. «Todavía no hay suficientes iglesias», decía otro sacerdote activista, «que entiendan la situación por la que pasa mucha gente — si una familia pierde su casa es como si todos la perdiéramos».

Esta invitación a revelarse contra los banco ha conseguido resultados minúsculos en comparación con el alcance del drama. No sé si por el temor a una retirada masiva de capital o per el miedo a seguir perdiendo reputación, algunas entidades han aceptado flexibilizar los pagos de las hipotecas de sus clientes más afectados por la crisis, o incluso han condonado parte de sus deudas; pero estos casos no dejan de ser una anécdota.

No les falta razón a los líderes espirituales para mantener viva su protesta. Recientemente un pre acuerdo entre la banca y el gobierno estadounidense (federal y de los estados) concederá inmunidad a las corporaciones financieras a cambio de un pago de 26.000 millones de dólares en concepto de ayuda para hipotecados y gobiernos. «26.000 millones es una miseria», editorializó el New York Times tras conocerse la noticia, «comparado con los abusos y el daño infligido a 4 millones de propietarios que han perdido sus hogares, 3,3 millones de otras personas que están a punto de ver sus hipotecas ejecutadas y más de 11 millones de prestatarios que se encuentran con el agua al cuello por [una deuda que supera los] 700.000 millones de dólares».

Sin duda, la crisis la está pagando la clase media, que es cada día más pobre. Sin organización, los individuos tiempo poco o nada que ganar frente a las grandes corporaciones. Sólo la articulación de un movimiento social que utilice medidas de presión concretas y legales puede hacer cambiar de opinión a esas corporaciones que, hasta la fecha, están superando la crisis —que ellas causaron— con más éxito. ¿Será que, como en el Quijote, las cosas pueden cambiar porque «con la Iglesia hemos topado»?

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